Hace tres años falleció mi padre y, recientemente, lo ha hecho mi madre.

Además de muchas otras cosas, siento que, con ellos, se ha ido una gran parte del conocimiento familiar, de esa pequeña “historia” que, probablemente no sea muy importante en términos relativos, pero sí para el equilibrio de uno mismo: ¿Cómo se hacen las rosquillas de la abuela?;  ¿Cómo se llamaba el abuelo del abuelo?; ¿Qué tiempo hacía el día que nací?; ¿Qué tenía el ungüento que nos daba la abuela cuando nos quemábamos?; ¿Dónde está la tienda donde arreglan las cremalleras?; ¿Cómo se mengua en las mangas de un jersey?…

Hasta hace no muchos años, una parte muy importante de la vida se ocupaba en transmitir el conocimiento de padres a hijos, durante generaciones. Los grandes maestros vidrieros, los remedios contra las enfermedades, las grandes sagas y leyendas familiares.

Ahora, intentamos transmitir valores, y no siempre con éxito, pero, la verdad, muy poco conocimiento. Quizá nos hemos creído en exceso, como decía Araceli, que es bueno “desaprender”. Quizá confiamos demasiado en que todo lo realmente necesario está disponible en la red. Quizá creemos que una buena red social asegura la disponibilidad de los “repositorios” de conocimiento. Quizá en la Sociedad del Conocimiento hemos descapitalizado al mismo de valor. Quizá…

Lo cierto es que hoy me arrepiento profundamente de no haber preguntado con más interés  : “Mamá, ¿cómo se hacen las rosquillas de la abuela?”.

Marta Ozcariz

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