Desde que el británico Ian Fleming decidiera convertir su personaje de papel en un visible, apuesto y heroico agente de celuloide a disposición del Servicio Secreto de su Majestad, han pasado muchos años.

La inevitable estilización impuesta por  el género y el medio nos deleitó durante años con las excitantes, intranscendentes y periódicas aventuras de un arquetipo masculino que en sus evidencias y elipsis consiguió aglutinar una iconografía de los dos sexos, y dibujar un escenario  de las relaciones entre ambos.

Nuestro irresistible seductor fue capaz de librar  durísimas batallas, contra la representación del mal, sin apenas desgarrarse un botón de su impecable esmoquin. Su excelente forma física, una cabeza fría capaz de tomar decisiones rápidas en el contexto más crítico y una fuerte resistencia a la adversidad, le aseguraron el éxito en todas sus misiones, y el estatus de niño mimado del Servicio Secreto británico. La misma suerte que sus trajes, corrió su peinado en el ingente número de encuentros que disfrutó con cuanta imponente mujer se cruzó en su camino. Cabeza y corazón quedaban fácilmente a salvo de los estragos del compromiso gracias a la ligereza, y falta de sustancia de sus bellísimas oponentes femeninas. Claro que, calificarlas de oponentes sería demasiado decir  para quienes sólo aparecían como atractivísimas comparsas, al servicio del lucimiento de la suave pero justificable misoginia del protagonista.

Los años corrían y los sucesivos sosias de Bond, se  permeabilizaban a los cambios de escena política y la evolución de los usos sociales. En “La espía que me amó, el guión se esforzó en dotar a Bond de una compañera a su altura…pero ¡hay que reconocer que era difícil luchar con tacones de doce centímetros, escotes de vértigo y pistolitas de nácar…!.

También el físico del agente se fue adaptando a los tiempos. El piloso Connery había dado paso al ojiazul Moore, y a éste le siguieron el fugaz Lazenby, el pálido Dalton y, más tarde, el estilizado Brosnam. Y después, con motivo del lanzamiento para el cine de la primera de las novelas de Fleming, Casino Royale, nos llegó un rubio y nuevo Bond: Daniel Craig.

¿Nuevo?… Veámoslo. Observemos sus evoluciones en esa versión de Casino Royale.

Apenas restablecidos de los estruendos que abren la película, nos zambullimos con nuestro dorado protagonista en un sin-cuento de inverosímiles acrobacias: saltos de casi mil metros de los que se levanta indemne, balas que pasan a cientos chamuscándole las pestañas, grupos enteros de enemigos que caen abatidos por sus ingeniosos  ardides… Pero cuando recuperamos la respiración, ¡dios mío!,  Bond está despeinado y sucio, además ha dado muchas voces, ha sido pelín borde con su cómplice, se ha dejado matar al malo, que necesitaba vivo, y, lo peor de todo: ¡no lleva esmoquin!.  ¿Pero éste  es  Bond?, ¿Nos esperarán más decepciones?

Obligado a informar de la refriega a su jefe, y recuperado el impecable aspecto que siempre le adornó, recordamos otra novedad ya anticipada en anteriores entregas: la que manda en el Servicio Secreto de su Majestad, es una mujer (la madura y atractiva Judi Dench). Tras encajar la bronca, y sin secretaria con la que flirtear (¿habría desaparecido Moneypenny?), se pone en marcha para recuperar el objetivo de su misión: encontrar a los verdaderos malos, financieros de violentos grupos terroristas en África. Y así, mientras almuerza en un viaje de lujo, camino de Montenegro, tenemos ocasión, ¡por fin!, de conocer a la chica Bond: Vesper Lynd (encarnada por Eva Green). Espléndida  es. ¿Sería también nueva? Para empezar, además de atractivísima es una experta contable, no lleva escote, sino un estupendo tailleur negro; para continuar exhibe una inteligencia digna del escenario de esgrima que le gusta proponer a Bond; además, deja claro que no está disponible en ese momento, y,  por si todo esto fuera poco ¡se permite hacerle una observación sobre su “escultural culo”!

¿Concesiones a la galería?, ¿exigencias de lo políticamente-correcto? O ¿estaremos ante un nuevo arquetipo?

¡Pues no sólo! Estamos ante una propuesta distinta, estamos en un escenario sin soluciones predefinidas para las relaciones hombre-mujer, estamos ante el diseño de un mundo donde los personajes asumen responsabilidades, y se hacen cargo del otro, sin convertirse en una caricatura de su sexo, pero sin perder su identidad sexual; difícil equilibrio que se comprenderá mejor si nos  permitimos un  juego. Con lo que ya sabemos de Bond, imaginemos cómo se comportaría el arquetípico, y comparemos con lo que Craig, Green  y su guionista nos proponen para éste. Un manojo de escenas nos lo van a permitir.

La ducha

Avanzada la película, Vesper, cuyo rol no es “hacerse la espía”, ni matar al malo, sino controlar los aspectos financieros de la misión que se lleva a cabo mediante la transacción del dinero en el juego de un casino, se ve involucrada en una durísima escena, donde Bond da sangrienta muerte a dos de los terroristas, con intervención suya. Profundamente conmocionada por lo que acaba de vivir, desaparece de escena subiendo por las escaleras del hotel donde ésta acaba de tener lugar. Cuando Bond termina su turno en el casino, va en su busca y la encuentra postrada, vestida bajo la ducha, presa de una silenciosa crisis nerviosa, en postura cuasi-fetal, dejando correr el agua por su cuerpo.

¿Nos atrevemos a imaginar la actuación del Bond-arquetipo en similar situación? Habría consolado a la pequeña y, tomándola en brazos, tras secarla con cuidado, le habría quitado la ropa y depositado en su cama con un beso de buenas noches  (le gustaba consumir en el momento, pero hay que reconocer que solía buscar el amable concurso de su partenaire).

¿Qué ha hecho el Bond de hoy? Al encontrarla  en la ducha presa del shock, la reconoce como un ser adulto y acepta la legitimidad de su estado emocional. Bajo el chorro de agua, Bond se agacha a su lado, adopta su misma postura, le pasa la mano por encima del hombro, y… la acompaña.

Los fondos

El juego había comenzado en el casino, y llegado el momento, Bond, animado por su perspicacia como jugador, arriesga una jugada que resulta fallida, que  pone en manos de su  oponente los cien millones que estaban en juego. La única salida que le queda es una recompra por otros cincuenta millones, operación que requiere la autorización de Vesper, representante de Hacienda en esta operación.

¿Qué chica Bond le negaría algo a nuestro héroe-arquetipo? Difícilmente admitía un no, y menos de una mujer. Sus infinitas dotes de persuasión y la facilidad con que se le rendían sus oponentes, no permite recordar escenas donde su voluntad no saliera triunfante.

¿Qué ha hecho Vesper? Ella, que siempre consideró un disparate librar a un juego de azar la financiación del terrorismo internacional, e indignada por una pérdida que atribuía al carácter temerario de Bond y su excesivo ego, se  resiste a su presión, que va desde el insulto al intento de conmoverla  y… se atreve a decir no.

El collar

Excitantes avatares se suceden en el casino, donde Vesper acude siempre vestida de forma espectacular, ahora si escotadísima, con el fin de distraer la atención de los jugadores, en favor de Bond,  cosa que consigue con gran facilidad. Pero  en la variedad de su espectacular vestuario, hay un elemento constante: un collar de oro blanco en forma de nudo. Este hecho no pasa desapercibido para el agente, y aprovechando una cena “à deux”, le hace notar que conoce el significado de ese collar: se trata del nudo del amor argelino;  y  no le duelen prendas en intentar indagar sobre la procedencia de tal constancia.

Podemos imaginar el sketch  que seguiría a esta escena: las manos del Bond-arquetipo, en un movimiento de hábil malabarista, consiguen deshacerse del collar argelino, que cae al suelo recorriendo la desnuda espalda de la chica, segundos antes de rodar juntos sobre un lecho de seda.

¿Cómo se ha comportado el nuevo Bond? Ante la elusiva respuesta de la protagonista, que a todas luces prefiere no desvelar su intimidad, Bond respeta su decisión, acepta que ella tenga una historia propia y  da un paso más en… ¿su intento de seducirla?,… ¿en otro tipo de intento?: aprovechando unos comentarios sobre su cocktail favorito, le hace unas observaciones sobre su nombre y su forma de ser. Por primera vez… le pone nombre y la acepta como otro.

La seducción

Este Bond que sí se despeina, no ha terminado de darnos disgustos. En un momento dado, a través de Vesper utilizada como cebo, cae en manos del enemigo, que espera obtener de él la información necesaria para hacerse con el dinero en juego, y que, por supuesto, ya obraba en poder del agente. La escena es muy dura: en habitación contigua a la que encierra a Vesper, el espectacular cuerpo de Bond aparece desnudo, sentado y maniatado en incómoda postura, sometido a una brutal tortura,  que resiste a base de gritos casi animales, y de la que sale librado por la intervención de un tercero con interés en dejarle vivo. Cuando intenta recuperarse sentado en el jardín de un hospital, recibe la visita de Vesper. Ella, que por fin le ha sabido vulnerable, ha decidido también acompañarle, sólo que su compañía en esta ocasión incluye otro ingrediente: su explícito deseo de seducirle.

¿Qué habría hecho nuestro arquetipo? Pues tener la cortesía de aceptar, disfrutar del momento, hacerle disfrutar a ella, brindar con Dom Perignon, y pedirle el teléfono,… por si volvían a coincidir.

¿Y cómo actúa el Bond de ahora? Naturalmente acepta, pero se deja conducir por un camino ya intuido en la escena del collar. Su interés por ese nudo, no era sólo deseo de rodar entre sábanas, sino….que ¡se estaba enamorando!. Cuando Vesper en el jardín con toda franqueza le pide amor, él no sólo no lo rechaza, sino que le hace declaración del suyo. Los dos… deciden soberanamente  amar al otro.

La elección

Encontramos ahora a los protagonistas felices, viviendo intensamente los días, mientras cuentan los dineros que les quedan para mantenerse a ese ritmo en el hotel veneciano donde se alojan.  ¿Contar los dineros?, ¿pero es que este Bond además se ha vuelto pobre? ¡Pues si!

Al Bond-arquetipo esto no le habría ocurrido. En el improbable caso de haberse admitido a sí mismo como un ser capaz de compromiso con una mujer,  podríamos aventurar un trepidante y paralelo ritmo de esposa y carrera durante los primeros meses, seguido de una ruptura provocada  por la difícil compatibilidad de tan excepcional profesión con las contingencias de una vida privada compleja.

¿Qué va a hacer con esto el nuevo Bond? Pues sencillamente, sabiendo que su vida amorosa y profesional son incompatibles por la peculiaridad de su dedicación, elige amar, y, dueño de su elección, evita el riesgo futuro de culpabilizar a las circunstancias por haber convertido a su sublime amada en una pesada rémora para su carrera. En otra escena le anunciaba a Vesper su decisión de abandonar el Servicio Secreto de su Majestad, y le pedía a ella que continuase con su carrera, para poder mantenerse los dos hasta encontrar otra actividad.  Y ambos …toman las riendas de sus propias vidas.

No acaba aquí la película, ni acaba “bien”, como era de esperar, pero tampoco deseamos que acabe este Bond.

¡Bienvenido el nuevo Bond!, ¡Bienvenida su propuesta para un nuevo imaginario de las relaciones entre los sexos! ¡Bienvenidas las mujeres que, como la jefe del MI 6, se hacen cargo del que tienen delante, y propician las mejores circunstancias para su desarrollo; pero, que, sin perder su feminidad, saben también conducir con autoridad, y tomar  decisiones rápidas, arriesgadas e inteligentes! ¡Bienvenidas las Vesper, que saben conceder y negar, que saben pedir y no se avergüenzan de hacerlo, que deciden cuándo y cómo, sin buscar ante todo la aceptación del otro, sino la coherencia propia!, ¡Bienvenidos los hombres, como el nuevo Bond, que asumen riesgos con valentía y conocimiento de sus capacidades, que tienen visión, que tienen frialdad para actuar cuando la ocasión lo necesita; pero que sin detrimento de su masculinidad, aceptan las emociones de los demás,  asumen las suyas propias, y actúan en consecuencia!. ¡Bienvenido el nuevo escenario para el encuentro entre ese difícil equilibrio entre identidad sexual, paridad y responsabilidad ante la vida!

Araceli Cabezón

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