Un compromiso de trabajo me llevó hace unos meses a pasear entre  montones de nieve que flanqueaban las invernales calles de la bella Estocolmo. Comentando el alto nivel de “civilidad” del país, una colega sueca ponía el ejemplo de uno de sus ministros en no sé qué gabinete: “¿Sabes lo que comentó al poco de ser nombrado?, pues que él mismo se ocupaba de su casa porque no le parecía digno encomendar esa tarea a ninguna otra persona”. Admito que la anécdota me produjo cierta inquietud que no acerté a identificar, pero me apresuré a acallarla pensando: “A juzgar por el tiempo que le sobra, le habrán dado una cartera fácil” .

Horas después, los sugestivos aguardientes que habían acompañado un Smörgasbord nocturno  me aseguraban una noche de turbio insomnio, y en el duermevela de la madrugada un pensamiento me rondaba obsesivo: “mañana sin falta tengo que preguntarle a mi colega si el ministro también se corta solo el pelo, arregla él mismo su coche, o repara las tuberías de su casa cuando tienen una fuga”.

Al presumir una respuesta negativa, afloró la verdadera naturaleza de mi inquietud: el ministro que así se desempeñaba, estaba declarando que el trabajo de una casa no es un trabajo digno (no le parecía digno encomendar esa tarea a ningún otro), sin embargo un mecánico de taller, un barbero, un fontanero….no resultan tan impuros. ¿Adivinan quién se ha ocupado tradicionalmente de la casa?, ¿y quién de los trabajos de fuera de la casa?…

Hasta en las más beatorras manifestaciones de corrección política, nuestras sociedades revelan el problema de fondo entre los géneros: lo que han hecho (¿o hacen?) tradicionalmente las mujeres se considera impuro, indigno, sin valor.

¡Valor para admitirlo!

Araceli Cabezón

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