En una ocasión, compartía té y conversación con mi querida   Manuela Menacuya experiencia profesional le ha permitido analizar, descubrir, catalogar, comentar, descatalogar y adquirir para el Museo del Prado muchas de las joyas pictóricas que hoy disfrutan en Madrid visitantes de todo el mundo. Hablando de la actividad de comisariar exposiciones, me comentaba: “Un buen comisario  no ha de estar presente en el resultado; su producto está al servicio del artista, no de su propia gloria. Su misión es la de revelar al maestro en todo su esplendor, sin que se note su mano.”

Su comentario me pareció una metáfora de la labor de un coach. Un buen coach no tiene ego, desaparece ante su cliente, le acompaña para revelar lo mejor de sí mismo, y convertir esa revelación en posibilidad, en acción, en futuro deseado. Cuando él se va, el cliente sigue actuando consciente de sus propias capacidades y con posibilidades de trabajar sus limitaciones. En el mundo de las organizaciones, la misión de un buen líder, un buen directivo, un buen jefe es ayudar  al colaborador a poner de relieve sus posibilidades, y convertirlas en acción, para producir resultados de forma sostenible. No es tarea fácil; requiere creer en el otro, aceptarle como diferente, dedicarle tiempo, y permitirle encontrar su propia manera de hacer las cosas. Cuando  esto se consigue, la vida profesional se encuentra  con la vida interior del individuo, y el trabajo es  más completo, más pleno, más feliz.

Araceli Cabezón

Anuncios