Cuentan que una vez un padre se colocó al lado de una mesa, hizo subir a su hijo encima de la misma de espaldas y le dijo que se tirase. En ese mismo momento, el padre se apartó, el hijo cayó al suelo y cuando se incorporó dolorido escuchó con estupor:  “Eso es para que no te fíes ni de tu padre”.

El hijo tenía una creencia, “mi padre siempre estará ahí para salvarme”, el padre, con un método pedagógico discutible, quería hacerle ver que algunas cosas que pensamos inmutables no lo son tanto. Realmente lo que hizo fue cambiar la creencia que tenía hasta entonces por una nueva.
En el coaching, de una manera menos salvaje, es importante revisar todo lo que tomamos como una verdad absoluta y que puede estar condicionando nuestros comportamientos. Es muy ilustrativo el cuento del elefante de Jorge Bucay para ver hasta qué punto tiramos la toalla sin replantearnos creencias heredadas del pasado.

Estas reglas que tomamos como fijas pueden venir de nuestro entorno (culturales, religiosas, familiares, …) o las hemos podido crear con nuestra propia experiencia. En cualquiera de los dos casos debemos saber cuáles nos alejan de nuestro objetivo para derribarlas y apoyarnos en las que soplan a nuestro favor.

Por eso hay que estar atentos a las máximas exógenas que nos llegan y aplicarles el debido filtro antes de incorporarlas, teniendo cuidado consecuentemente con las que nosotros trasladamos a los demás.

A veces pienso que si hubiera hecho caso a todas las creencias limitantes que algunos han tratado de inculcarme desde que aterricé en mi silla de ruedas allá por el 71, a estas alturas de mi vida estaría dedicado en cuerpo y alma a la fotosíntesis en algún bonito jardín de una residencia en lugar de estar aquí compartiendo este post con vosotros.

Tumbar creencias propias y ajenas es liberador porque nos traslada a un nuevo terreno de juego con más posibilidades para actuar de las que teníamos anteriormente.

Víctor García Asensio

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