Quienes vivimos en Madrid y tomamos de vez en cuando el avión tenemos el privilegio de poder llegar al aeropuerto transportados por un metro de príncipes a un precio de mendigos. Yo, la verdad, soy poco amiga de ir bajo tierra porque no puedo ver la ciudad, pero cuando viajo sin equipaje me compensa volver del aeropuerto en metro. Así que acostumbro a sustituir las delicias del paisaje urbano por la observación disimulada de los rostros estáticos, a veces pensativos, casi siempre melancólicos, de los viajeros.

No hace mucho, prisionera en las paredes de un vagón, mi oído se distrajo con la conversación de un grupo de personas. Sentados frente a frente, cuatro varones jóvenes trajeados, maletín de ordenador a los pies, disfrutaban relatando los avatares de su viaje de trabajo. Parecían técnicos de alguna empresa, contentos de su situación, y de los resultados de la jornada. En un momento dado aludieron a una persona que trabajaba en su compañía nombrándola de una forma que no entendí; me pareció un anglicismo, y pensé en una posición específica de su compañía,  para mí desconocida. Pero avanzada la conversación pude escuchar claramente que a ese alguien lo denominaban “clíner”. Tardé en comprender que se referían ¡¡¡a una señora de la limpieza!!! (cleaner).

En su afán de ser correctos con dicha profesión se inclinaron por la utilización del inglés para disimular naturaleza de un trabajo que asumían como poco “nombrable”….y  ¡qué curioso!,  la utilización de ese eufemismo producía en mí el efecto contrario: convertía en insultante el nombre real de una profesión tan cargada de dignidad como cualquier otra.

Volví a casa agradecida por el hallazgo. Desde que tengo hijos he tenido la suerte de contar con los servicios de una excelente profesional que nos ha ayudado en la casa y con los niños. Los tiempos me habían hecho cada vez más difícil nombrarla: “cuidadora”, como dicen ahora los críos, no está mal, pero siempre tropiezo en su fonética; “chica”, como decían nuestras madres, con frecuencia es inexacto,  criada, me repugnaba por lo ancilar;  “señora de la limpieza”, “niñera” o “asistenta” (juro que no diré “assistant”)  me parecen ahora denominaciones perfectas.

Araceli Cabezón

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