Jack Palance, en “The Professionals“, la definía así: “La revolución siempre fue una puta. Al principio, todo es hermoso. Como en el amor. Nos quedamos porque nos enamoramos. Nos vamos porque nos desencantamos. Regresamos porque nos sentimos solos. Morimos porque es inevitable“.

La afirmación sobre Jack de Elia Kazan, el director que le “descubrió”, le definía perfectamente y nos recordaba su dureza: “tiene un rostro que sólo una madre podría amar“.

Revolución. Coincido con Vladymir Ivanovich Palahniuk,  su nombre real, en casi toda la definición salvo en el final. No le compro ese destino inevitable y trágico.

Muchas revoluciones se desatan por injusticias o por aspiraciones más o menos entendibles. Lo que si está claro es que la ira es una emoción común a casi todas ellas y que, como el resto de emociones, puede y debe cambiarse cuando no estamos logrando nuestros retos.

Cuando trabajamos con un coachee que está instalado en la ira, la rabia o el resentimiento solemos escuchar que alguna expectativa no se ha cumplido (“no me valoran”, “no me reconocen”,…) y que esa injusticia le otorga el derecho a perseguir o arremeter contra el culpable. Esta emoción enquistada en el tiempo provoca mucho sufrimiento y, sobre todo, una actitud victimista cuyo resultado es la inacción o, en el peor de los caso, a acciones contrarias al objetivo buscado.

Llegado ese momento, durante el proceso, coach y coachee, diseñamos varios rituales con el objetivo de que acepte que ‘lo que pasó pasó’. Podrán ser reclamos productivos (‘quiero que pasen otras cosas y pido u ofrezco algo nuevo’), conversaciones pendientes para aclarar un malentendido (‘lo que a mi me pasa con lo que tú haces’) o simplemente una conversación para “completarse” (‘no quiero que nada nuevo pase pero quiero que sepas…’) pero seguro que provocan el cambio de emoción necesario para que el coachee inicie nuevas acciones.

Pienso en muchas “revoluciones” (pasadas, presentes…y futuras) que podrían solucionarse conversando y cambiando la emoción de ira por la de la serena aceptación.

Incluso Vladymir logró a los 72 años su éxito más sonado (Óscar 1991) por una comedia. Quien lo hubiera dicho…

Oscar Garro

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