Una de las cosas que ha cambiado mi vida al descubrir el coaching ha sido el obligarme a buscar otros puntos de vista a las nuevas situaciones que me voy encontrando. Es algo parecido a lo que hacíamos en nuestra etapa escolar cuando debíamos trabajar la visión espacial para ser capaces de ver los objetos desde todos los puntos de vista que nos exigía el profesor de dibujo lineal. En dicha tarea los había más hábiles y los menos, los que lo veían de forma innata y los que se lo tenían que currar, pero todos ganábamos con la práctica.
Se puede incluso jugar a hacer una tormenta de ideas sobre una foto, una escena en la calle, una conversación y ver cuántas formas de explicar lo que has visto u oído se te ocurren. Si lo haces con más gente, es divertido y enriquecedor oír las versiones de los demás además de trabajar también la empatía.
El cambio de observador es una destreza, en mi opinión, de obligado desarrollo para toda persona que quiera ser capaz de disponer del mayor abanico de opciones posibles ante los retos que le plantee la vida. Lo fácil es quedarse con la primera interpretación o juicio y ahí es donde surge la pregunta ¿qué más puede estar pasando? Es lo que puede hacer que una situación se interprete de una forma o de la contraria y eso provocará unas emociones o soluciones totalmente distintas. Para explicar esto último, me parece muy ilustrativo el cuento de “La esposa sorda” de Jorge Bucay.
Mi compañero de dobles, Juanjo, es un observador de la vida envidiable pues siempre ve el lado optimista de muchas situaciones a las que a mí me cuesta encontrarles la parte positiva, esta habilidad innata le hace disfrutar más que el resto. En un reciente viaje a un torneo en Ferrol, nos pilló un piquete de mineros en huelga en un pueblecito de León después de cinco horas de viaje y todavía a una y media del destino. Mi primera reacción fue la de contratiempo, enfado, nerviosismo, impaciencia, todo eso que nos hacen las esperas incluso más desagradables. La reacción de Juanjo fue: “A ver qué piden estos”, bajó su silla de ruedas y se acercó al piquete.
Yo bajé la mía y aproveché una bonita tarde de sol apoyado en el coche, como se ve en la foto. Al cabo de un rato volvió con un par de refrescos que los piquetes le habían ayudado a comprar ya que el bar tenía escaleras e incluso le habían ofrecido sus casas si teníamos que ir al baño pues el del establecimiento era inaccesible. Además, me contó de primera mano cuáles eran sus reivindicaciones. Hasta completar los 45 minutos del parón seguimos disfrutando de la tarde y de las vistas de un bonito pueblo leonés. La sensación cuando reanudamos el viaje fue placentera, muy distinta de la del resto de los integrantes de la cola.
Cuando algo se me complica o me provoca una emoción negativa suelo pensar: ¿cómo lo afrontaría Juanjo?
Víctor García
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