La bendición de la gitana

Volvía del mercado un Sábado por la mañana con el carro de la compra repleto de mercancía y contentísima por el  pescado que me había vendido Jaime, cuando camino a casa, me doy cuenta ¡oh maldición!, de haberme  olvidado de los  plátanos y los tomates. Varios juramentos más tarde, iniciaba la maniobra de  volver sobre mis pasos con semejante carga,  sorteando baches y personas en busca de la fruta olvidada. Pero, hete aquí, que con el giro aún sin completar me doy de bruces con una gitana que instalada en la esquina, ofrecía tomates, plátanos, aguacates y níscalos, apilados en cajones de plástico,  regularmente abastecidos por su marido desde una furgoneta mal aparcada, a dos pasos del lugar.

Me debatí por unos instantes entre mi tentación de resolver allí mismo, y mi conciencia “cívica” de no comprar a ambulantes que no pagan impuestos, que aparcan mal, que no garantizan condiciones sanitarias…  !qué se yo!. Finalmente cedí a la tentación, y le compré a la gitana  unos cuantos kilos de cosas.  Al ir a pagarle escuché la siguiente frase: “…gracias hija, nos ayudas a vivir“;  …aún me dura la sonrisa. Con un acto de lenguaje tan sencillo como sabio consiguió insuflar finalidad a un acto mío que  ni siquiera me parecía legal. Dos cosas hicieron que me sintiera feliz de hacer lo que había hecho: recibir agradecimiento por ello, y vislumbrar su sentido,  su utilidad, su fin último.

Trabajar en las organizaciones no siempre es fácil ni agradable; pero cuando se hace sabiendo qué es lo que aportamos, cómo contribuimos a la buena marcha de la empresa, las cosas cambian. Esa es la misión de un buen líder: dotar de sentido al trabajo de las personas. Tener siempre a mano la visión y poder relacionar con ella el trabajo de uno es una bendición que cada cual se merece, no de mi gitana, sino de su jefe.

Araceli Cabezón

12 comentarios sobre “La bendición de la gitana

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    1. Muchas gracias, Bea. Pero tengo que decir que la parte gráfica no es mérito propio. Tampoco sé de quién es el mérito, salvo de la poseedora de semejante rostro.

  1. Felicidades Araceli,
    Ese reconocimiento del qué y del cómo…ayudaría a vivir y a sobrevivir a muchos dentro de organizaciones que, tambien, están “mal aparcadas” y que son “pelin ilegales”,
    Apliquémonos el cuento! Todos!
    Muy buen post.
    Saludos, M.

  2. La historia es muy bonita y muy bien contada. La conclusión para la empresa, interesante. ¿Le hiciste tu la foto? ¡¡¡Qué reflejos!!!Qué bueno es olvidarse algunos momentos de “lo legal”, “lo establecido”… ¿No se siente una más libre cuando das una limosna a un mendigo, en vez de pensar o incluso decir “en Cáritas le atienden”? Tal vez por la cercanía con la persona a la que atiendes sientes mayor satisfacción, porque además, al pequeño donativo puedes añadir una sonrisa o una palabra amable. En este caso recibes a cambio la frase tan bonita de la gitana.

    1. Muchas gracias, María Luisa. Si, tienes razón, olvidarse de lo “establecido” de vez en cuando y “establecer” uno mismo lo que quiera, es una práctica saludable. Me gusta tu punto de vista. Con frecuencia lo establecido es más anónimo, más abstracto, y cuando actúas cerca de algo o alguien concreto lo puedes hacer añadiendo tu toque personal. !Y encima, a veces, con recompensa!

      Un abrazo,

  3. Hola. Lo que más me ha llamado la atención es la frase de la señora gitana y su efecto en Araceli. Es que el lenguaje genera realidad, sea para bien o para mal. Si todos los directivos y empleados se dieran cuenta que el fin del lenguaje es generar realidad, mejorarían su manera de hablar. Así seríamos todos más felices, como Araceli cuando recibió el regalo.
    Juan Miguel

  4. Gracias a todos por vuestros enjundiosos comentarios. Pero os confieso que mi conciencia no puede más:lo mejor del post, la foto, ¡¡¡no es mía!!!. Pero tampoco sé de quién es. La he encontrado en la red, y no tiene copyright. Sirvan estas líneas para reconocer su autoría a quien la tenga, y para agradecerle tan maravillosa captura.

    Araceli

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