Volvía del mercado un Sábado por la mañana con el carro de la compra repleto de mercancía y contentísima por el  pescado que me había vendido Jaime, cuando camino a casa, me doy cuenta ¡oh maldición!, de haberme  olvidado de los  plátanos y los tomates. Varios juramentos más tarde, iniciaba la maniobra de  volver sobre mis pasos con semejante carga,  sorteando baches y personas en busca de la fruta olvidada. Pero, hete aquí, que con el giro aún sin completar me doy de bruces con una gitana que instalada en la esquina, ofrecía tomates, plátanos, aguacates y níscalos, apilados en cajones de plástico,  regularmente abastecidos por su marido desde una furgoneta mal aparcada, a dos pasos del lugar.

Me debatí por unos instantes entre mi tentación de resolver allí mismo, y mi conciencia “cívica” de no comprar a ambulantes que no pagan impuestos, que aparcan mal, que no garantizan condiciones sanitarias…  !qué se yo!. Finalmente cedí a la tentación, y le compré a la gitana  unos cuantos kilos de cosas.  Al ir a pagarle escuché la siguiente frase: “…gracias hija, nos ayudas a vivir“;  …aún me dura la sonrisa. Con un acto de lenguaje tan sencillo como sabio consiguió insuflar finalidad a un acto mío que  ni siquiera me parecía legal. Dos cosas hicieron que me sintiera feliz de hacer lo que había hecho: recibir agradecimiento por ello, y vislumbrar su sentido,  su utilidad, su fin último.

Trabajar en las organizaciones no siempre es fácil ni agradable; pero cuando se hace sabiendo qué es lo que aportamos, cómo contribuimos a la buena marcha de la empresa, las cosas cambian. Esa es la misión de un buen líder: dotar de sentido al trabajo de las personas. Tener siempre a mano la visión y poder relacionar con ella el trabajo de uno es una bendición que cada cual se merece, no de mi gitana, sino de su jefe.

Araceli Cabezón

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