Hace pocas semanas me reunía con un grupo de directivos para hablar del proceso de innovación que querían implantar en dos empresas del Grupo. Al plantearnos cómo sería el proceso para filtrar las ideas innovadoras, alguien puso sobre la mesa la palabra intución.  Todos coincidíamos en que para ser creativos e innovar, además de saber manejar información y analizarla en profundidad, no queda otra alternativa que desarrollar la inteligencia intuitiva, una forma de conocimiento basada en la experiencia que es de una naturaleza más tácita, menos precisa, menos controlable pero a la vez muy valiosa.  Lo que pasa es que dar carta de naturaleza  a la intución dentro de una empresa, sigue sonando “poco serio” en muchos entornos.

El modelo mental de management heredado del siglo pasado, nos lleva a intentar reducir el riesgo mediante el control de procesos y resultados. Como reflejo de ello, nos hemos acostumbrado a exigir mucho análisis cuando abordamos nuevos proyectos. Y comprobamos una y otra vez cómo esa obsesión por analizar en exceso lleva a los equipos a la parálisis y cómo se pierden muchas oportunidades.  Como dice Alfons Cornella en su post “Innovación accidental“, precisamos personas que se proyecten desde su intuición y no se frenen por su análisis.

Intuyo que nos toca poner en valor la intuición, la capacidad de imaginación y de diseño, y renunciar a ratos a tener todo “bajo control”,  si queremos ir dando paso a una cultura de empresa más innovadora.

Ane Aguirre

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