Comentaba Ane hace unos días en “La intuición como metodología” que para dar paso a culturas empresariales más innovadoras, hay que poner en valor la intuición. No hace mucho escuché a la Directora general de ESADE, Eugenia Bieto comentar los resultados de un informe donde los directivos evaluaban la utilidad de los programas de las Escuelas de Negocios. Todos los beneficios que citaba, me resultaron predecibles, salvo uno de ellos, que llamó especialmente mi atención: “la legitimación de las prácticas intuitivas”.

Con esta declaración buena parte de los receptores de esos programas, profesionales experimentados, con años de trabajo, éxitos y dificultades a sus espaldas, y con interés por el aprendizaje, reconocían haber encontrado en la Escuela de Negocios una especie de legitimación de  su intuición: “lo que me estáis contando aquí, yo lo hice por intuición, sin tener base “científica”….o sea, que está bien hecho…

Me hizo gracia esa “certificación” a posteriori de algo que habían hecho sin necesidad de bendiciones previas. “Cuando la cabeza me dice una cosa y las tripas otra -escuché una vez a una directiva- yo hago caso a las tripas… Tripas, olfato, primeras impresiones, cognición rápida…; parece que esa “competencia” ya tiene nombre: “Inteligencia intuitiva”.

¿Cuánto de cabeza y cuánto de tripas? ¡Tranquilos!, dentro de poco lloverá la oferta formativa sobre la cosa…

Araceli Cabezón

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