Me parece que con este post me puedo meter en un charco.  Pero lo hago plenamente consciente y sabiendo que el público amigo que nos lee  me aceptará tratar una cuestión potencialmente espinosa o polémica.

La reflexión surge de algo que me sucedió hace unos días  : fui invitado por una escuela de negocios a la presentación de un interesante libro sobre los equipos …  En principio, la presentación de un libro acostumbra a ser un escenario seguro, escogido y deseado … Pues lo cierto es que lo viví, primero con incomodidad, después con perplejidad y vergüenza, para marchar finalmente – en cuanto pude por cierto – con una buena dosis de incontenible irritación.

Alguien se debió sentir en la sacrosanta obligación de “innovar más de la cuenta”, de tal manera que un encuentro de sana curiosidad intelectual se convirtió en escenario muy forzado de cánticos, movimientos y rítmicas palmadas y chasquear de dedos…  Alguien decidió que fuera una “tarde inolvidable” y ciertamente lo consiguió conmigo.   Inolvidable … e irrepetible,  por lo menos para mi y en esa escuela.

Algo debería de haber sospechado cuando el introductor de la presentación empezó a decir que “si hubiera más amor en las empresas” no hubieran tenido que escribir ese libro ¿¿??  Y, por si acaso, quiero dejar constancia pública de que soy un ferviente fan del amor : amo a mucha gente que lo sabe, a alguna que lo intuye y, seguramente, a alguna que nunca lo sabrá.  Además de a cosas, lugares, ideas, recuerdos, etc… Por ahí no me considero sospechoso, pero cuando se citó “el amor”, así en abstracto y en aquel contexto, no pude evitar pensar en nuestros queridos clientes/amigos y en qué hubieran opinado de estar allí. El problema no es “el amor”.  Para mi, el problema es “el pudor” o, por decirlo con propiedad, el impudor.

¿ Es condición indispensable ese impudor para ejercer está apasionante profesión nuestra ? ¿El mostrarse sonriente, optimista y “abierto” siempre,  en cualquier momento y contexto? ¿ Será posible que no sirvamos las personas serias, reservadas, pudorosas, discretas, sobrias. Las que podemos tener malos días o días más tristes…?  ¿Seremos bichos raros aquellos que cuando vamos a la presentación de un libro esperamos que nos hablen de un libro y no que  nos hagan bailar, cantar, o abrazar con la persona que nos ha tocado al lado?

Evidentemente, no hablamos de sentido del humor – que me parece uno de los mejores signos de civilización y cultura – ni de alegría, ni de vulnerabilidad, ni de compartir.  Hablamos de oportunidad, de contextos,  de forzada impostura …  Y hablamos, sobre todo, de  naturalidad (qué maravillosa palabra) , de no forzar lo que no es. De reivindicar la plena vigencia y la licitud del pudor, de reservar para la  intimidad que escojamos – y sin ningún complejo –  la expresión de determinados sentimientos.  Debo reconocer que salí, además de irritado, absolutamente convencido y beligerante en la asunción y reivindicación de mi entrañable intimidad y de mi bendito pudor.

Jordi Foz

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