Hace años  José luis Garci  estrenó su magnífica película Canción de Cuna. Lloré todo lo que pude y una escena quedó en mi memoria; la escena en que las monjas protagonistas de la historia salen de la celebración del oficio de vísperas un día especialmente doloroso para ellas porque acababan de despedir por casorio  a la niña que años atrás aparecía expuesta en su torno, y que desde entonces había inundado de alegría, proyecto y afanes a todos los miembros de esa comunidad de clausura. Años después, en ese final de vísperas de rostros tristes y gestos cabizbajos, una persona se mantiene en pié: la directora del coro, que se dirige a ellas con dureza (no recuerdo las palabras exactas (si alguien tiene a mano la cinta, que me las facilite, por favor): “hoy habéis dicho mal los versos, habéis alterado el ritmo de los pies y eso en un día como hoy era esencial haberlo mantenido”.

Me impresionó su reflexión. ¡qué importante mantener el ritmo, la disciplina en momentos de tribulación!, ¡qué ayuda más vertebradora para las ocasiones en que sin querer atravesamos esa “delgada línea roja“, que nos dibujaba Jordi no hace mucho!  Desde que vi esa película cambié  mi punto de vista sobre la idea de disciplina y pasé de identificarla con autoritarismo,  con hacer lo que no me apetece, con  rabieta, con imposición,  a asociarla con la idea de ritmo, voluntad, posibilidad,  resiliencia. La disciplina proporciona vertebración interior, nos devuelve al orden y por ello ampara nuestra acción.

Araceli Cabezón

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