¿Qué sería de una obra musical sin silencios? ¿Y de una conversación sin silencios? ¿Y de una relación sin silencios? ¿Y de una vida sin silencios? No me los puedo imaginar… El silencio es imprescindible para escuchar y para escucharnos, para saborear una melodía, para oler el mar, para sentir la alegría y la tristeza, para contemplar un paisaje, para poder interpretar una mirada, para entender lo que está pasando, para escuchar el sonido de las hojas del árbol cuando el viento las acaricia…

Tengo la impresión de que estamos habituándonos demasiado al ruido y al estímulo permanentes. Y de que al convivir menos con el silencio podemos estar perdiendo la capacidad para sacarle todo el valor que tiene. De hecho, caemos fácilmente en la tentación de cortar los silencios lo antes posible, como si nos costara aceptarlos y darles el espacio que merecen. Y así nos perdemos todo lo que tienen que decirnos.

Este verano me he dado el lujo de disfrutar de algunos silencios llenos de sentido.

Ane

… por cierto, aprovecho para hacer propaganda del “modo silencio” del teléfono móvil… es un “modo” que puede utilizarse más a menudo 😉

(la fotografía la tomamos el equipo Vesper hace unos pocos días en la Plaza Igor Stravinsky de París)

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