Hace un par de semanas, participé como ponente en una sesión informativa sobre coaching de equipos, organizada y convocada por la Fundación EDE. Una de las participantes nos preguntó sobre la aportación diferencial de un coach de equipo frente al coach individual: “¿No son acaso cada uno de los miembros de un equipo quienes  tienen que aprender y poner en juego unas habilidades? Si lo hacen, el equipo funcionará… Por tanto, ¿cuál es la necesidad de hacer coaching a un equipo?”
 
La respuesta se entiende si imaginamos un equipo deportivo cuyos integrantes únicamente entrenen por separado o un grupo musical que no ensaye conjuntamente. Hay habilidades ligadas a las interacciones que sólo pueden practicarse en equipo, ya que es al entrar en interacción con otros, cuando se manifiestan y toman forma. El valor de un coach de equipo está precisamente en ser capaz de observar esas interacciones, de saber mirarlas y de intervenir para mejorarlas. A diferencia de un coach individual, desenfoca a cada individuo para enfocar al conjunto y para fijarse en lo que pasa cuando “empiezan a jugar juntos”.  Su aportación pasa por crear un entorno seguro de prácticas (seguro no significa cómodo) en el que todos los componentes del equipo hagan una apuesta compartida por aprender juntos.
 
Se dice fácil, y lo es cuando en un equipo existe una base sobre la que trabajar, que es la confianza. Confianza profunda, entendida como la capacidad de mostrarse vulnerable frente al resto y poder decir con humildad y valentía: “aprendamos juntos a mejorar la calidad de nuestras interacciones. Nos necesitamos para hacerlo“.  Cuando un equipo hace esta declaración, un coach le puede acompañar en ese reto y potenciar su acción conjunta.
 
En eso estamos…y funciona!
 
Ane Aguirre
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