Hace unos días leía otro excelente artículo de  Josep Maria Lozano y Angel Castañeira, titulado “La vida interior”  -cuya lectura recomiendo–, en el  cual se incluía un párrafo de las memorias  políticas de Tony Blair que no me resisto a reproducir : “Al subir los escalones hasta el estrado, intentando obligarme a centrar mi mente y mis reservas de energía en las palabras que iba a decir, finalmente conseguí definir la raíz del miedo que había ido creciendo durante todo el día : yo estaba solo. Ya no habría más equipo, ni más camarilla amistosa, ni emociones compartidas entre un puñado de íntimos. Estarían ellos; y estaría yo.  En un determinado punto profundo, ellos no serían capaces de entrar en contacto con mi vida, ni yo con la de ellos.

Sé que la cita es un poco larga y tampoco me gustaría pecar de melodramático pero me parece una descripción impresionante de una soledad que, en mayor o menor medida y salvando todas las distancias, hemos podido sentir en algún momento todos los que hemos tenido responsabilidades directivas.

Personalmente, creo que este tipo de soledad siempre acaba apareciendo en algún instante y, como todo en la vida,  cada persona la lleva como puede y de distinta manera. Me parece también que la mayoría de la gente soportamos mal la soledad y en el caso del directivo ésta acostumbra a presentarse especialmente cuando más complejas son la situaciones a las que se enfrenta y más difíciles las decisiones que debe tomar.

En Vesper nos gusta pensar que somos muy útiles acompañando, precisamente, en ese momento de soledad; que conseguimos crear un espacio seguro y confiable, de escucha, de conversación, de contraste, de reflexión … Un espacio de libertad, propio y único, creado conjuntamente con el directivo y que le permite compartir, “pensar en voz alta”, sin filtros previos y en el cual, además de nuestra experiencia, podemos aportarle perspectivas y miradas complementarias.

Jordi Foz

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