El otro día comimos en un restaurante italiano en Las Arenas. No era la primera vez. Nos parece una opción cómoda por la cercanía, por la aceptable calidad de la comida y porque suele haber sitio casi siempre.

Sin embargo, me volvió a ocurrir un “fenómeno” extraño: me paralicé leyendo la carta. Empecé con los spaghetti, tagliatelle, fettuccine, linguine, fusilli, macarrones, rigatoni, farfalle, ravioli, tortellini,…y, para facilitar la decisión, continué con las posibilidades de salsas y acompañamientos. De pizzas y lasañas ni hablamos.

Lo curioso es que, después de ese “ratito”, llegó el camarero y pedí macarrones con tomate. Evidentemente observé con cierta envidia los sugerentes platos de mis acompañantes y me pregunté si hubiera disfrutado más eligiendo otra opción.

Podríais pensar que no me importa demasiado la comida pero ese bloqueo se repitió la semana pasada en una tienda de deportes. Me enfrenté a un interminable lineal de zapatillas de running y, después de otro “ratito”, me di la vuelta y me marché.

Tengo una teoría y la he contrastado viendo este excelente vídeo de Barry Schwartz, un psicólogo americano autor del libro “The Paradox of Choice: Why More Is Less“. A veces menos es más. Y es que creo que todos, en algunos momentos y para algunas cuestiones, necesitamos peceras porque el oceano nos resulta tan inmenso que nos paraliza y nos hace infelices.

Ya, ya sé que mis colegas del coaching me van a sacar las uñas: “¡pero si nos dedicamos a ofrecer nuevas perspectivas a nuestros clientes y, cuantas más, mejor!“. Pues de acuerdo. Ampliemos sus peceras y hagámoslo ofreciéndoles muchas posibilidades pero no olvidemos que, si son demasiadas, podemos encontrarnos con un coachee comiendo, otra vez, macarrones con tomate…

Por mi parte, la próxima vez, procuraré pedir penne a la boloñesa. Ya es hora de cambiar 🙂

Oscar Garro

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