Un día extrañamente frío de primavera hice un viaje en coche con una pareja de amigos, invitados todos a celebrar el cumpleaños de una amiga común muy querida, en su estupendo pueblo castellano. Conducía ella,  copilotaba él; yo me dejaba llevar perezosamente mecida por la pericia de la conductora y lo amable de la conversación. En un momento dado Julian le advierte : “cuidado, hay control de velocidad”; se me disparó una alarma, pero mi amiga continuó su conversación como si tal; minutos después le lanza la segunda advertencia y, ahora sí, me preparé para escuchar una sarta de improperios sobre los inconvenientes de llevar al marido de copiloto; pero para mi sorpresa Julia se dirige a mí y me dice: “…es que Julian es un cumplidor de normas; “ya la tenemos”, pensé ante lo que yo juzgaba un calificativo de poco prestigio. ¡Pero no! Julian, que  es ingeniero aeronáutico se volvió hacia mí , orgulloso del epíteto que acababa de recibir: “la norma es lección aprendida“, “la norma es gestión del conocimiento“, “la norma nos permite vivir; es la consolidación de una experiencia, se establece después de haber cometido varios errores, y encontrar la forma de hacerlo bien”.

Esto cambió mi perspectiva de la cosa. Hasta entonces había visto en la palabra norma un sinónimo de restricción, imposición, y latas varias. Seguimos hablando de las normas y encontramos que además la norma es una forma de contrato, proporciona confianza en el otro, porque permite predecir lo que va a hacer y facilita nuestra acción. Y terminamos concluyendo que si no hubiera normas, no habría posibilidad de innovar quebrando alguna de ellas.

,,,y además, por lo visto, Julian baila de miedo. Me pregunto si su estilo será muy académico, o se desmadrará en plan creativo…(-:.

Araceli Cabezón

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