En las últimas semanas he mantenido interesantes conversaciones con personas interesantes de diferentes ámbitos en las cuales, a través de distintas reflexiones, hemos acabado llegando a un mismo lugar : la idea de “aceptación”.

Hemos hablado de la aceptación en varias de nuestras viñetas, pero tengo la sensación de que éste es un concepto muy poliédrico, con diferentes perspectivas, y en consecuencia con diferentes posibles miradas. Y hoy quiero hablar de la “autoaceptación”  (?) y quiero hacerlo porque me la estoy encontrando en muchos, si no en todos,  los procesos,  conversaciones o acompañamientos en los que intervenimos.

Mi reflexión – insisto que fruto de experiencias recientes y reiteradas – es que la primera condición para cambiar lo que sea que quiera cambiar es, precisamente, reconocerme y aceptarme como soy.  Me parece que si no existe una aceptación previa, real, sincera, natural, generosa,  de mis “fundamentales”, de mis valores, de mi manera de ser… es muy difícil construir sobre esa negación de la realidad.

Es muy habitual generalizar en frases del estilo : “es que soy demasiado …” (tímido, controlador, buena persona, educado, sufridor, superficial, indeciso, rígido, impetuoso,  etc, etc… nuestra capacidad para autoflagelarnos es infinita!) y valorar esa condición como un todo negativo, en lugar de admitir : “sí,  estoy siendo y actuando  así,  y a partir de esa realidad, voy a ver qué tiene de bueno ser de esta manera; qué tiene de “inevitable”  (para no pelearme más con eso) y qué es lo que quiero cambiar porque me está molestando o incomodando…”

También me parece claro que pueden existir fronteras muy sutiles entre : aceptación, resignación, conformidad, sumisión e, incluso, renuncia o rendición … Pero, evidentemente,  me estoy refiriendo a la aceptación en positivo, a esa especie de tregua, de acuerdo con uno mismo, que cuando se consigue supone una auténtica liberación que nos relaja, nos desbloquea y nos permite ponernos manos a la obra en nuestros cambios decididos y deseados.  Y que además – y me parece un efecto importantísimo – nos predispone también a aceptar mucho mejor  a los demás, con más apertura y con más generosidad. Y sí, ya sé perfectamente que no es nada fácil aceptar algunas cosas que pasan … o que no pasan. Ahí está el mérito, precisamente. Y el efecto liberador y profundamente transformador de la aceptación … sin condiciones.

Jordi Foz

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