Esta mañana, muy nublada y húmeda, ibamos dando un paseo en bici por la ría de Plentzia, Aitor, Jokin, Mikel y yo (en ese orden). Aitor, que iba por delante ha gritado ¡Charco vaaaa!. He pensado, “qué majo que nos avisa para que no nos mojemos“… Y según lo pensaba y giraba el manillar hacia la derecha para esquivarlo, he visto que los tres mosqueteros pedaleaban con más entusiasmo y enfocaban sus bicis justo hacia la mitad del charco.

Vaya, he pensado, un mismo aviso y dos interpretaciones, dos emociones y dos acciones tan diferentes!!! El hecho de encontrarse un charco, tiene significados distintos y provoca emociones y acciones opuestas según la edad de quien se lo encuentra. Con diez o doce años, te abre posibilidades de diversión y no te conecta para nada con las manchas ni la lavadora…

Se me ha ocurrido hacer una pregunta. Sabía que era una pregunta absurda, pero la he hecho… “¿para qué os metéis por la mitad del charco?”, “pues para mojar las ruedas y dejar huella en el suelo“… “ahhh, ahora ya lo entiendo” he contestado.  Porque “la vida mancha“, y para dejar huella no queda más remedio que manchar la rueda.

Pues eso, que un hecho en sí mismo no tiene significado, se lo damos nosotros, y muy distintos por cierto. Ante una misma realidad, algunos podemos sentir tristeza, o decepción, o pereza, o liberación o sensación de oportunidad, o incluso enfado, o serenidad y paz, o asombro…o una mezcla de todo. Dependiendo de nuestras creencias, de nuestra realidad, de lo vivido antes y de lo que proyectamos a futuro…

Hay charcos para esquivar y charcos para cruzar y salpicar. Cada uno elige los suyos.

Ane Aguirre

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