Tyler Brûlé, editor jefe de Monocle,  compartía con sus lectores del  nº 42 un hallazgo personal sobre uno de los secretos del confort. Mientras esperaba a unos amigos en el hall del Royal Monceau en París tomó conciencia de lo maravillosamente que se sentía en ese lugar, e inició el ejercicio de atribuir el logro a los distintos elementos de la reciente restauración del hotel, llevada a cabo por Philippe Starck. La excelencia  de telas y acabados  le abastecían  de  claves, pero no lo suficiente; repasó el resto de los elementos, y la calidad del mobiliario, aun siendo evidente, tampoco le parecía determinante. Entonces reparó en la forma en que los clientes habitaban ese espacio. Cerca de él un conjunto de butacas recogía amablemente una reunión; más allá, protegida por una columna, una pareja disfrutaba de una copa,   y más adelante otro  rincón acogía el momento personal de una elegante solitaria.  El descubrimiento de Brûlé resultó ser que los diseñadores del hotel no se habían preocupado tanto de dibujar amplísimos espacios de moda relajantes y vacíos, ni de la exhibición de carísimas piezas de diseño, sino en trabajar la densidaduna densidad desigual, irregular, formada por la diseminación de elementos propiciadores del encuentro unos, reservados a la intimidad algunos, y respetuosos del silencio personal otros.

Me gustó esa observación, y la encuentro aplicable a muchos otros territorios. Ya disfrutamos maravillosos ejercicios de estilo en los espacios rituales. Ahora queremos espacios urbanos,  espacios institucionales  y espacios profesionales  más amantes del individuo que de la forma. Afortunadamente  ya hay personas pensando en ello.

Araceli Cabezón de Diego

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