Son muchas las películas que me han marcado  estética  o moralmente.  Víctor García me regaló hace unos meses una de las que estaba deseando volver a ver: la versión de “Dr. Jekyll y Mr Hyde”  dirigida por R. Mamoulian en 1931. Sin entrar en la dulzorra historia de amor y el grotesco resultado  final del impresionante alarde técnico que supuso para la época la  transformación en Mr Hyde,  esta cinta me fascinó por la verosimilitud del drama interno de Jekyll, maravillosamente traducido por Fredric March. Como nuestro querido lector recuerda, la magistral obra de Stevenson anticipa los hallazgos freudianos sobre el inconsciente, mediante el discurso  del científico Jekyll,  que preconiza la convivencia simultánea de bien y mal en la misma persona, y la separación científica de las dos personalidades como  única forma de resolver el conflicto. A esta operación  se entregaría con pasión hasta conseguir generar en sí mismo un segundo cuerpo, el cuerpo de lo escondido (“hyde” en inglés), el cuerpo del mal que se permite todos los desenfrenos del “instinto”, preservando así el “cuerpo bueno”

Dos momentos me impresionan especialmente en esta versión de Mamoulian. En el primero de ellos, March consigue condensar en un gesto genial el conflicto interior que conducirá hasta el desenlace stevensoniano. Todo se desata en el momento en que el apuesto, ético,   enamorado y brillante doctor cede por unos instantes a la descarada seducción de la hermosa prostituta a la que atiende como médico. Sorprendido en tan incómoda circunstancia por su amigo Utterson, avanza su teoría de la dualidad bien-mal en todos los individuos, y la imposibilidad de controlar éste último. El segundo nos brinda una visión de Hyde (el ya logrado “cuerpo malo” de  Jekyll) de espaldas, con la capa extendida, corriendo desesperado por el Londres de los bajos fondos en una huida hacia adelante, provocada por la fatalidad de una disociación que no permitía diálogo ni compromiso entre ambos espíritus.

Lo que me sorprende de la historia  es cómo  Stevenson desaprovecha las posibilidades salvadoras de su propio guión. Él entonces, como   Bernanos  después, parece pensar que bien y mal aparecen sin mezclarse, “como líquidos de distinta densidad”. La  insistencia del novelista en disociar la misma persona en dos personalidades distintas solo podía conducir a la inevitable supremacía una de ellas: la del  mal. Yo personalmente prefiero pensar que sobre la fatal convivencia de bien y mal en el mismo individuo, impera la capacidad de elegir. Aunque al final nos la hurtara, la propia novela  anticipaba en algún momento la posibilidad de redención, cuando en su su argumento  contra Utterson, Jekyll afirmaba “podemos controlar las acciones, pero no los instintos”.

Araceli Cabezón de Diego

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