Tras varios años sin vernos estaba almorzando con un antiguo compañero,  ya jubilado, que había ocupado importantes posiciones directivas.    La conversación, agradable,  más de pasado que de futuro y más de recuerdos que de propuestas, nos llevó inevitablemente a nuestro lugar común : los espacios y tiempos que habíamos compartido en nuestra profesión.

Él había sido un directivo respetado, admirado y apreciado.  Probablemente,  mucho más de lo primero  y segundo que de lo tercero.  Todo el mundo le reconocía su honestidad, honradez, fiabilidad,  imparcialidad, ejemplo …  No pedía nada que él no fuera el primero en hacer.  Sin embargo en sus comportamientos era  más rígido que flexible; más de normas y procedimientos que de iniciativas e intuiciones; más formal que informal; más educado que afable; más tímido que extrovertido; más humilde que soberbio, más tenso que relajado … Seguramente ya os empezáis a hacer a la idea del perfil que intento definir.

Pero,  por encima de cualquier otra característica,  lo que le distinguía era su infatigable capacidad de trabajo que se concretaba en interminables y agotadoras jornadas.   Lo habitual era acabar por encima -o muy por encima- de las diez de la noche  y, por ejemplo,  convocar reuniones a las nueve de la noche … Pero quiero insistir –para retratar bien el perfil- que todo esto lo hacía, si vale la expresión, con absoluta … “naturalidad”, sin prepotencia, sin exigencias ni amenazas.  Sólo  porque “había que hacerlo”, porque “había mucho trabajo” y  porque “era una época muy complicada” (?) …

Pues bien, en un momento dado de nuestro encuentro,  se quedó mirando un punto fijo, indeterminado, pero que situé en la memoria de su pasado  y, como si lo dijera para sí mismo, sin ser consciente ni darle ninguna importancia, me regaló una reflexión que desde entonces procuro no olvidar : “Realmente, no hacía falta tanto …”  No dijo más ni le pregunté nada.  Los dos sabíamos perfectamente de qué estábamos hablando.

Después de tantos años,  evocar su pasado le provocaba precisamente aquella reflexión.  Y pensé que estaba hablando por él  pero seguramente también por todos sus colaboradores … Por todo aquel tiempo “hurtado” innecesariamente a la familia, a los amigos, a uno mismo, a la vida …

Y lo demoledor para mi es que, desde entonces, no me cuesta nada identificar actitudes parecidas a mi alrededor.  Renuncias (perfectamente evitables) a oportunidades, momentos y sensaciones que nunca volverán.  Y me es inevitable pensar -una vez más- que la experiencia es eso que tenemos cuando ya no nos hace tanta falta …

Jordi Foz

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