Cuenta la historia que en 1346 Eduardo III de Inglaterra, convencido de la importancia estratégica del puerto de Calais para el Canal de La Mancha, decidió sitiar la ciudad  que  resistió luchando hasta que le fué interceptado todo avituallamiento. Cuando la hambruna hizo presa en  los habitantes el alcalde de Calais decidió capitular ante el rey inglés para salvar la vida de sus ciudadanos. Éste aceptó la rendición a condición de que seis notables de la villa le presentaran las llaves de la ciudad, rendidos de forma humillante, de rodillas, en camisón y con una soga al cuello. Tras unos momentos de agitación, un primer burgués dio un paso al frente y pronto fue seguido por otros cinco dispuestos a sacrificar su orgullo por la supervivencia de los suyos.  Poco después, en la forma acordada se presentaron en la tienda del monarca inglés, quien les recibió rodeado por sus  caballeros

El impacto que el gesto de  los seis causó en la corte provocó la petición de clemencia por parte de uno de sus caballeros  al advertir el heroísmo de quienes así cedían su orgullo en beneficio  de su pueblo. La propia reina, su esposa, intercedió vehemente por ellos argumentando:  si los condenas, tu reputación se verá dañada al exhibir tanta crueldad con quienes tan noblemente se ofrecen a tu voluntad para salvar a sus conciudadanos.

Quien pretendía humillar consiguió enaltecer al objeto de su inquina; y él a su vez se vió humillado   por quienes noblemente le sirvieron su orgullo  en bandeja para salvar a los suyos.

Este episodio de “Los burgueses de Calais” quedó inmortalizado por Rodin en una magnífica escultura, y cada vez que la veo pienso en cómo humillación y nobleza se superponen dependiendo de la causa que las asiste.

Araceli Cabezón de Diego

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