“…perderán todos los puntos…los que pidan la merienda…”

En un post anterior Jordi nos había hablado del impacto tan positivo que tiene escuchar y sentirse escuchado. Hoy traemos la idea sobre la distancia que hay en todo proceso de escucha. Una cosa es lo que uno dice y otra distinta, lo que el otro escucha.

Una de mis escenas favoritas del cine es ésta en la que Guido escucha de manera creativa (La vida es Bella, de Roberto Benigni). Una cosa es lo que dice el soldado alemán y otra muy distinta, la maravillosa traducción que él hace, adecuándolo a lo que su hijo necesita escuchar para sobrevivir en ese infierno. El crea una brecha consciente para desactivar el veneno que le llega.

Más o menos eso es lo que hacemos al escuchar, pero de manera inconsciente. Activamos la traducción simultánea, filtrando lo que el otro dice en función de nuestra capacidad de entender, de la utilidad que nos aporta y de los prejuicios que tenemos. Rafael Echeverría lo denomina la brecha “inevitable” en toda comunicación. Sin embargo, asumir que hay una parte inevitable no nos quita la responsabilidad de hacernos cargo de minimizarla, poniendo atención, preguntando para entender mejor y poniéndonos en el lugar del otro para comprender sus razones. Si no lo hacemos, nos alejamos de la comprensión del otro y de la capacidad de cooperar de manera efectiva.

Os recomiendo que veáis la escena que he mencionado y que prestéis atención a las caras de todos los que escuchan. En muchas ocasiones, nos encontramos en los equipos con expresiones parecidas y nos preguntamos, ¿qué estará entendiendo cada uno?

Ane Aguirre

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