OPCC_01_AMOUR_8.14_Layout 1Me gustan las películas que, semanas después de haberlas visto, aún sigo rumiando…

Amour de Michael Heneke, duele, y duele mucho. Un dolor lacerante que nos “toca la moral” y nunca mejor dicho. Una película angustiosa porque aterradoramente real y cotidiana es la historia que nos muestra. Pegados en nuestras butacas, Haneke nos va provocando un desasosiego en el cuerpo y en el alma que consigue hacernos conscientes, de una manera brutal, de la alta probabilidad que existe de que en algún momento de nuestras vidas representemos el mismo papel que cualquiera de sus protagonistas. Haneke traduce este efecto-espejo de manera magistral en su primera escena.

“Amour” es una película extremadamente bella y violenta a la vez. Una belleza que se transmite en la elegancia de cada uno de los gestos y palabras de sus protagonistas; en la hermosa casa, que como tercera protagonista respira en cada una de sus estancias, la memoria vital de sus habitantes; en la música clásica que sustenta parte del guión y que los espectadores escuchamos a la vez que los personajes evitando así su director manipulaciones innecesarias; en la enorme historia de amor, y  en la conmovedora imagen del “baile a dos” de entrega y acogida en cada intento de mover las piernas….

Pero no nos confundamos, porque bajo el apacible título de “Amour” se esconde una aterradora historia que pone rostro y mirada a la enfermedad, al grito de dolor, a la desolación, a la impotencia, a la indignidad, a la soledad, a la descomposición y al maltrato, pero sobre todo, a la dependencia absoluta de otros y a la imposibilidad de elegir… y esto nos aterra, nos remueve e incomoda en nuestras butacas, porque está ahí y nos va a tocar.

En la distancia de los días que han pasado desde que la ví, me sugiere dos retos: el primero, de carácter más social-colectivo, que me hace recordar a Fries (1) y pensar en futuras políticas de salud más centradas en la investigación de las enfermedades crónicas que en las agudas, en la morbilidad más que en la mortalidad y en la calidad de vida más que en la duración de la misma.

Y en segundo lugar, un compromiso individual, que no es otro que el de hacerme responsable de mi propio envejecimiento, y empezar a planificarlo y trabajarlo desde este mismo instante. Un “testamento vital”, en el que manifestar mi voluntad sobre la manera como quiero ser tratada en caso de encontrarme en un estado que me impida expresarme por mi misma. En definitiva, quiero ser protagonista de mi propia película hasta el final.

Beatriz Gazquez, Directora de proyectos de Innovación Socio-Cultural

P.D.: Mi voto indudable a Emmanuelle Riva, como mejor actriz en la próxima edición de los Oscar

(1) James F. Fries: Aging, natural death and the compression of morbidity.

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