MiedoMe quedé dándole vueltas a una frase de Descartes citada por Mario Alonso en su obra “Reinventarse” : “Mi vida estuvo llena de desgracias, muchas de las cuales jamás sucedieron.”  Me pareció tan cercana como familiar; tan sencilla e inteligible que podría llegar a parecer una reflexión superficial cuando es justamente todo lo contrario.

En mi interpretación, Descartes está hablando precisamente del miedo, esa emoción profundamente humana (Marina dice en su “Anatomía del miedo” que “no hay especie más miedosa que la humana” ) que parece estar demasiado presente en todos los ámbitos de nuestras vidas.

En algún momento del Master en el que tengo el placer de colaborar en la Barcelona School of Management de la Universitat Pompeu Fabra, al tratar el mundo de la empresa, acostumbra a aparecer la misma pregunta sobre cuál es en mi opinión la emoción dominante o más frecuente en las empresas … Y la respuesta es siempre la misma. Desde mi visión personal la emoción dominante en la empresa es la misma que en el resto de la vida : el miedo.  Con todas las gradaciones que se quiera, desde una inquietud difusa hasta un terror paralizante, pero es siempre el mismo miedo. Por encima de la ambición, de la envidia, de la competitividad, de la tristeza, de la alegría, de la compasión, de la solidaridad … mi experiencia personal es que el miedo está en el origen de la mayoría de nuestros sentimientos y reflexiones más íntimas y, si lo pensamos un poco, lo podremos identificar en la mayoría de las malas praxis en las empresas. ¿Qué emoción mueve sino a un directivo excesivamente controlador, o prepotente, o incapaz de reconocer un error, admitir una sugerencia, dar un feedback, argumentar una decisión o, simplemente, dar un no?

Y resulta además que nuestra capacidad de temer parece inagotable y podemos hacer interminable la lista de cuestiones, reales o imaginarias, probables o imposibles, susceptibles de causarnos miedo, angustia, ansiedad, sufrimiento …

¿Y qué podemos hacer?  Pues a mi me parece que lo primero es identificarlo y reconocerlo.  Después, intentar separar los miedos razonables y racionales, esos que nos ayudan a evitar riesgos, de los claramente irracionales (¿la mayoría?) y que, como tales, …”no atienden a razones”!  Y luego, lo que a veces me ha funcionado, ha sido tratar de llegar a un acuerdo con mis miedos …(?) Identificar qué creencia está detrás de cada uno, qué objetivo tiene, qué pretende y … “negociar” con mi miedo para que me deje actuar y posponer el posible sufrimiento.  En definitiva, trato de provocar un proceso de racionalización e introspección serena; y he descubierto que algunos miedos (no todos, claro) son optativos y pueden evitarse,  y que se puede poner más el foco en lo que se quiere que en lo que se teme.  Y que donde pones el foco, normalmente, pones también tu energía, tu fuerza creativa y tus emociones.

Jordi Foz

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