proustHace siglos leí la excelente biografía que  Painter hizo de Proust, y aún recuerdo su descripción de la especial relación que tenía con su madre: cómo la esperaba sin dormirse hasta que  llegaba el inefable momento de recibir su beso, su necesidad de tenerla cerca, los intentos desesperados por conseguir tiempo a su lado, por conseguir sus mimos, por sentir su olor y su suavidad, todo ello exacerbado  por la autoritaria oposición de su padre que intuía en esa necesidad inclinaciones poco masculinas.

Del recuerdo de esa biografía  me impresionó especialmente la anécdota que Painter escogió para narrar la muerte de  Jeanne Proust con 56 años. Inminente el desenlace, conocedora  del infinito sufrimiento que ello podía causar en su hijo, Marcel, y sabiendo de su profunda admiración por el mundo clásico,   le dijo algo así como: “hijo mío, aunque no seas un romano, compórtate como tal”.

Cuando lo leí pensé: “¡qué suerte, menuda herencia!, le ha brindado un modelo para sublimar su sufrimiento, para decidir qué hacer con el vacío que se le viene encima, una propuesta para convertir la desesperación en épica!”

Araceli Cabezón de Diego

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