hannaharendt0A pesar de las críticas recibidas, me ha gustado el ejercicio de Margarethe von Trotta sobre la filósofa Hanna Arendt. En él se relata el monumental escándalo que provocó la antigua discípula de Heidegger con la publicación por el New Yorker de su reportaje sobre el proceso del nazi Eichmann en Jerusalem. Su mirada libre se permitió un zoom sobre la personalidad del acusado, y halló algo que nadie esperaba: no un ser diabólico, un psicópata, un malvado, sino un riguroso burócrata, un cumplidor a ciegas del “deber”, un tipo ordenado y sistemático; en definitiva, se encontró con un ser banal, cuya acción ciega e irreflexiva le permitió un proceder riguroso y burocrático en la deportación y exterminio de los colectivos judíos.

La inmensa libertad de Hannah, en su rechazo del pensamiento único, le llevó a producir su debatido concepto de “la banalidad del mal” desarrollado posteriormente en su libro más conocido “Eichmann en Jerusalen: un estudio sobre la banalidad del mal“, contrapuesto a la idea kantiana del “mal radical”. En algún momento del mismo, llega a decir de Eichmann “…A excepción de una diligencia poco común por hacer todo aquello que pudiese ayudarle a prosperar, no tenía absolutamente ningún motivo.».

Y esto nos lleva una vez más a la pregunta sobre la finalidad que tantas veces mencionamos en nuestros post: la pregunta “¿para qué?“. Insistimos tanto, porque es una pregunta que, hecha de manera sistemática nos ayuda a tomar decisiones, a priorizar, a proporcionar sentido a lo que hacemos. En definitiva, impide que nuestros actos sean gobernados por un alien: la banalidad.

Araceli Cabezón de Diego

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