nuecesPaseando a la sombra de una nogalera en plena tarde de otoño, sentí una imperiosa necesidad de merendar;  contra todo pronóstico, encontré varias nueces en el suelo que, liberadas de la molesta cáscara verde, ofrecían su amaderada presencia a mi apetito. Cogí unas cuantas, y me apresuré a dar cuenta del botín; busqué un poyete, levanté un pedrusco de suficiente tamaño, y tras dejar escapar las tijeretas que habitaban su humedad, coloqué la primera nuez lista para el sacrificio.

Llena de entusiasmo, alcé la mano, blandí un golpe certero, y ¡zas! : escachuflé  por completo la cáscara y el fruto. “¡Vaya!, pensé, esta estaba blanda”. Así que, puse la segunda; mismo gesto, mismo resultado. “¡qué rabia!”, me dije; “están todas iguales. Si esto sigue así, tendré que buscar en otra parte”, y cuando levantaba  la piedra por tercera vez, detuve la mano  y pensé: “¡no es la nuez, soy yo!”. Así que, aminoré la distancia, reduje el impacto, y conseguí sacar la nuez casi entera.

Mientras disfrutaba masticando el primer trozo, caí en la cuenta: ¡madre mía, cuántas cosas, cuántas personas habré “escachuflado”, por aplicar demasiada energía, por no medir mi impulso, por no pensar en cuánto de mi fuerza, necesitan para mostrar lo que pueden dar!

Araceli Cabezón de Diego

A María Carrascal, quien al escuchar esta vivencia de mis labios, exclamó: “Araceli, ¡eso es una viñeta!”

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