Cabezas de terracota para los personajes del «Quijote» de Ibarra (1780)

Cabezas de terracota para los personajes del «Quijote» de Ibarra (1780)

He tenido la suerte de visitar la exposición que celebra 300 años de la Real Academia de la Lengua, de la mano de la académica Carmen Iglesias, una de sus comisarios. Estructurada de forma muy sugerente, la exhibición hace un repaso del fenómeno del habla sonora  hasta la revolución tecnológica, pasando por su fijación en la letra, al compás de los avatares históricos del país.  Al llegar al capítulo “España y América. La lengua que nos une”,  Carmen nos hizo notar  que en el momento de la independencia sólo había en América tres millones de hispanohablantes. ¿Con semejante superficie?, pensé ¿con semejante número de habitantes?.

Lo cierto es que los colonizadores españoles habían antepuesto la evangelización a la castellanización de los indígenas, “para ser doctrinados como personas libres que son,  no como siervos”, de manera que “en función de la preocupación evangelizadora, los reyes favorecieron de hecho que a los indios se les enseñara en sus propias, numerosas lenguas”. Infinidad de lenguas existentes, muchas de ellas sin raíz común, fueron respetadas, aprendidas y recogidas en gramáticas por los frailes españoles, con el fin de preservar su riqueza y la inocencia de sus pueblos. Sin embargo ello ocasionó un foso lingüístico entre españoles, criollos e indios, que impidió por completo su movilidad social. Fueron paradójicamete las repúblicas independientes post-coloniales quienes establecieron la enseñanza del español en las escuelas, lo que permitió brindar a los indios futuro e inserción social.

Esta visita y el post de Mette Vesterager, gran amiga de Vesper, me hicieron pensar en la complejidad que supone manejar la diversidad cultural en las compañías globales o multiculturales. Qué difícil resulta a veces el equilibrio entre el respeto, reconocimiento y valoración de lo que es distinto a uno, y la articulación de la “lengua común” que vehicula el propósito común a través de gestos, palabras y valores. ¡qué secreto temor a que la lengua común borre las singularidades! y ¡qué miedo a no disponer de una “clave universal” para allanar las contingencias del trato con “el otro” y facilitar nuestra integración!.

Araceli Cabezón de Diego

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