DedalPrimera escena : Leo un artículo en la prensa sobre un hecho cuyo aniversario ha pasado prácticamente desapercibido. El 19 de noviembre de 1.933 todas las mujeres pudieron, por fin, votar en España. Hace sólo ochenta años … Mi madre tenía 13 y jamás había visto votar a mi abuela ni, probablemente, se le hubiera pasado por la cabeza que fuera posible. Fue algo muy controvertido y seguro que no arregló nada de pronto, pero también es evidente que ese día todos fuimos un poco más humanos, más libres, más solidarios y más civilizados.

Segunda escena : oigo las noticias en la televisión y, según la Fundación Anar (Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo), una de cada tres adolescentes puede estar sufriendo algún tipo de violencia de género, aunque no sean conscientes en absoluto e incluso aunque muchas de ellas consideren justificables y “normales” las actitudes de sus jóvenes parejas.

Tercera escena : me estoy despidiendo de un buen amigo a última hora de la tarde. Me dice : “me voy al súper, a hacerle la compra a mi mujer”… (?) Supongo que interpreta mal mi mirada inescrutable e irónica y casi se justifica : “de verdad que no me importa, tiene un pequeño esguince y no quiero que cargue peso” … Es una gran persona, un buen marido y un buen padre.

Cuarta y última escena : un artículo en la prensa de anteayer, día 4 de diciembre : “el Subsecretario del Ministerio de Sanidad de Arabia Saudita, a requerimiento de la máxima autoridad religiosa del país, el muftí Abdelaiz al Sheij, ha prohibido a los médicos de sexo masculino examinar cadáveres de mujeres”. Se ve que es pecado …

Siendo tan distintas, algún hilo imperceptible me hace establecer algún tipo de relación entre las cuatro “escenas”. Han pasado ya ochenta años, y aquí estamos … Muy lejos del punto de partida pero más lejos aún de algún punto de llegada. Ya no es sólo una cuestión de derechos básicos y de justicia. Para esta sociedad con tantos problemas y tantas salas de espera es cuestión de sentido común, de supervivencia, de no renunciar a la capacidad de nadie por razón de género.

Y claro que no puedo intervenir en muchas de estas escenas, pero sí soy perfectamente capaz de ser consciente de mis prejuicios … y de combatirlos; de hacer mi o nuestra compra  y, definitivamente,  de ponerme el dedal y coserme mis propios botones.

Jordi Foz

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