El Guateque (1968)Desde mi punto de vista, El Guateque es una auténtica obra de arte que no siempre ha sido analizada con la perspectiva y profundidad que se merece.

La trama es sencilla: un actor indio, Hrundi V. Bakshi,  es invitado por error a una selecta fiesta en casa de un productor de Hollywood. Cuando se pretendía incluirlo en una “lista negra”, resulta serlo en una lista de invitados y ese será el primero de una serie interminable de divertidos equívocos y escenas hilarantes, durante las cuales Peter Sellers recrea un personaje absolutamente entrañable.

Un hombre bueno y solitario que intenta, sin demasiado éxito, trascender su propia soledad en un ambiente que no es el suyo; un niño grande, curioso y travieso que trata de ocultar los efectos demoledores de sus travesuras. Un ser amable, tímido, ingenuo, cenizo, complaciente, inoportuno, patoso, que resulta ser una auténtica plaga… pero que mantiene una eterna sonrisa bondadosa.  Y que acude al rescate y salva a “la chica en peligro”,  de una forma también  muy peculiar y divertida.

Pero es que además, la película destila una sutil ironía contra todo lo que se mueve: desde la sopa de fresa que cenan los sofisticados invitados, hasta los excesos en la interpretación trascendente de la filosofía hindú, con un bonito pero absurdo refrán “que tenemos en la India”  y que él mismo confiesa no comprender.

Es difícil seleccionar una sola escena pero, si tengo que hacerlo, me quedo con la de:  es la noche de la risa (!), en la que se evidencia lo bueno que es escuchar  antes de hablar.  Y tampoco se puede dejar de  mencionar al genial camarero que, como un hilo conductor y en un increíble crescendo, va apareciendo a lo largo de toda la película…  en más de veinte ocasiones!

La gran moraleja es que Hrundi, el hombre sencillo y “diferente”; el hombre de traje claro entre trajes oscuros, consigue batir a ricos y poderosos y los últimos y desmadrados minutos lidera una especie de hundimiento del Titánic en el que los músicos también siguen tocando,  ajenos a un mar de espuma que los engulle.

Por fin, Hrundi junto a la chica, abandona el lugar del desastre en su triciclo supersónico azul celeste, y mientras lo hace parece, aún, un hombre más bueno, más sonriente, más travieso y,  desde luego, mucho menos solitario.

Jordi Foz

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