miradas2Cuenta Lévy Strauss una deliciosa anécdota protagonizada por uno de los antropólogos más interesantes de todos los tiempos: Franz Boas. Parece   que este alemán empapado de Hegel, emigró a Estados Unidos, donde comenzó a investigar a las poblaciones indias de la Columbia Británica a las que dedicó buena parte de su vida, lo que le ganó el título de gran padre de la antropología cultural norteamericana.

La excelente relación generada con ellos  le llevó a invitar a  sus informantes indígenas a visitarle en Nueva York. Esta vez les vería fuera de su contexto, en el suyo propio, en la meca de la civilización occidental, en la gran manzana. Se preguntaba qué les sorprendería más: los coches, los altos edificios, los escaparates, las calles llenas de gente yendo y viniendo sin parar……

La primera vez que les recibió tuvo ocasión de saberlo: nada de eso pareció impresionarles. Su aparente  indiferencia, que les presentaba a ojos de los locales como tipos acostumbrados a la gran ciudad, sólo quedó interrumpida por  lo que de verdad atrajo su atención, lo que les fascinó, lo que examinaron con asombro y minuciosidad:  las bolas de bronce que coronaban los arranques  de  escalera  de los edificios que les había hecho visitar.

Resulta fácil pensar que, al tratarse de otras etnias, otras culturas, otras geografías, las personas tienen ojos muy distintos. Pero también eso ocurre con el vecino de al lado, con la amiga, con el familiar, con la jefa….Cada uno ve el mundo con sus ojos y encuentra en él cosas distintas.

Araceli Cabezón de Diego

 

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