900_____Andree_Putman_316Cuando se trata de contemporáneos a los que admiro, tiendo a atribuirles una  transcendencia, que me hace difícil tragar su mortalidad, en un doble sentido: saber que un día desaparecerán físicamente de nuestra órbita, y  que además  son contingentes y por lo tanto carnales e imperfectos.

Yo idolatraba a  Andrée Putman.  Admiraba sus antecedentes familiares entre los Montgolfier y su infancia en una abadía del s XIII,  su precocidad musical en el piano y  su  decisión para abandonar la música tras un consejo, a su juicio espeluznante, de Francis Poulenc; admiraba su belleza, la valentía que tuvo para empezar la profesión de interiorista rondando los cincuenta, la fuerza de la que hizo gala para reconstruir su vida tras un descalabro familiar, su visión para editar clásicos del s XX  que sin  ella habrían quedado perdidos en el olvido, la misión que atribuyó a su profesión de llevar la alta decoración a los bajos presupuestos mediante su alianza con la cadena Prisunic, la finura de  sus técnicas de inspiración que le permitían concebir un proyecto tras la lectura de un poema de René Char,  su combinación de espiritualidad y mundanidad; y sobre todo admiraba el estilo esencial, elegantísimo y cálido de su arte decorativa.

Hace unos años, nos recordó que era mortal y nos dejó en Enero de 2013. Encontré una forma de consuelo surfeando por toda la web en busca de fotos, entrevistas,  reseñas, biografías, libros y testimonios. Entre estos últimos hallé el de dos colaboradores de su estudio, que le reprochaban un ego exagerado, falta de cuidado hacia la visibilidad de su equipo, una alta exigencia carente de líneas maestras…..y yo qué sé, cuántos epítetos más sobre sus deficiencias directivas. Tardé en reponerme por el descubrimiento de sus lagunas de liderazgo. Afortunadamente ahora la sigo queriendo igual. He aceptado que puedo seguir admirándola infinitamente en lo que es buena, pero no necesito una adhesión absoluta a toda su persona. Ella, como yo, como mis amigos, mis familias, mis jefes y mis consejeros delegados me ofrecen aspectos estimulantes, inspiradores, interesantes, emulables, y otros, de los que quiero estar lejos.  Se puede hacer y está bien saber hacerlo.

Araceli Cabezón de Diego

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