aceptaciónUna de las lindezas que nos brinda la corrección política de nuestros días es la buena prensa de la palabra tolerancia: “hay que ser tolerante”, “eduquemos para la tolerancia”, “tolerar al otro”… todo en aras de respetar la diversidad de individuos, de sociedades, de géneros, de culturas, de procedencias….

Y sin embargo, cuánta perversión esconde la palabra. La tolerancia -dice Humberto Maturana– es una negación suspendida temporalmente, un conflicto diferido. No te soporto como distinto, pero aguanto tu diferencia, me contengo. Pero ¿quién me da licencia para tolerar a un otro que es tan distinto a mí, como yo de él? Además hay cosas que no quiero tolerar de ninguna manera. ¿Cómo lidiar entonces con lo distinto? Con la aceptación. Aceptar consiste en conceder al otro legitimidad para ser distinto, y desde ahí,  su derecho a serlo. La aceptación no implica la renuncia  a valores o principios propios, ni impide luchar por ellos o discrepar.

La aceptación es un punto de partida, que nos permite saber de dónde sale el otro, comprender su diferencia y actuar para integrarla, para aprovechar su diversidad, o incluso para defender nuestros valores cuando los vemos en peligro. La tolerancia nos atasca en un “hasta que me harte” . La aceptación permite una acción inteligente.

Araceli Cabezón de Diego

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