MarCuando todo parece relajarse a tu alrededor, se hace algo extraño escribir en pleno agosto sobre cuestiones demasiado “serias”…

Para los más afortunados, el mejor regalo del verano es, en mi opinión, esta especie de tiempo suspendido, de tiempo de tregua, concepto que el diccionario define como “Cese temporal de hostilidades” “Interrupción, descanso”. Me parece que las vacaciones tienen algo de las dos cosas e inevitablemente, de una u otra manera, nos cambian las rutinas.

El tiempo pasa demasiado rápido y a veces, la adaptación al nuevo ritmo no es tan fácil ni rápida como querríamos. Las inercias tiran demasiado de nosotros y cuando apenas conseguimos reducir nuestra habitual “velocidad de crucero”… ya casi se nos acaba la tregua.

Pero nada sucede porque sí y, al parecer,  nuestra velocidad vital forma parte de un proceso de evolución de la sociedad. Os invito a leer una interesante entrevista con el filósofo y sociólogo alemán Hartmut Rosa, en la que habla de que el precio de una sociedad muy eficiente es “vivir atrapados en la aceleración”… y en la ansiedad que lleva incorporada, “prisioneros de un ritmo de vida que nos hace infelices”.

Así que la reflexión de este caluroso día de agosto, aunque tópica por evidente, no puede ser otra que la de esforzarnos de manera consciente y activa en reducir nuestra aceleración, aunque sólo sea por unos días, y aprovechar al máximo ese tiempo suspendido y “los momentos” que nos regala; el conocido “carpe diem”la capacidad de disfrutar de nuestro presente, cada cual a su manera, sin que el peso del pasado ni la incertidumbre del futuro nos lo enturbien.

Por lo menos una vez al año nos lo merecemos… ¡Y para eso se inventaron las treguas!

Jordi Foz

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