Autoestima

He conocido personas maravillosas con una autoestima muy baja que, de manera dolorosa e injusta, ha condicionado sus vidas. Y también, en lo que sería la otra cara de la misma moneda, he conocido personas muy… ¿mejorables?, que intentan disimularla mostrándose orgullosas y soberbias.

En ambos casos, la falta de autoestima tiene graves consecuencias ya que condiciona nuestra manera de ser y nos hace actuar de modo distinto a como lo haríamos de forma natural, seguramente para sentirnos aceptados o para proteger de juicios ajenos nuestras supuestas carencias. Nuestro estado de ánimo nunca debería depender de algo exterior, como la visión que los demás tengan de nosotros.

Pero mi experiencia personal me dice que la baja autoestima sigue haciendo auténticos estragos, sobre todo, lamentablemente, entre las personas que menos se lo merecen, provocando ansiedad, inseguridad, miedo, frustración, infelicidad…

Y el elemento común en todos los casos es que siempre aparecen personas tóxicas que, en un momento u otro de esas vidas, han provocado o mantenido o alimentado incesantemente ese sentimiento doloroso. Los “promotores de baja autoestima” pueden adoptar cualquier tipo de rol y estar presentes en cualquier ámbito, personal o profesional, de nuestras vidas. Pueden ser jefes, compañeros, amigos, parejas, padres, hermanos… y pueden actuar con grosería y previsibilidad o, peor aún, sutilmente, como una lluvia fina e inclemente que va calando día tras día.

La buena noticia es que esa baja percepción de uno mismo también es susceptible de ser modificada: tomar conciencia de lo que sucede y desear cambiarlo; crearse un espacio propio, íntimo, libre de influencias ajenas; identificar y acotar a quienes nos hacen sentir mal con sus juicios, sus acciones o sus omisiones; asumir que a menudo nuestra primera persona tóxica, nuestro juez más implacable, somos nosotros mismos y nuestro perfeccionismo inalcanzable que cada día sitúa el listón más alto y más lejos, y entender, por fin, que el cómo nos ven no es el cómo somos ni debe ser el cómo nos sentimos.

Una autoestima equilibrada se relaciona con la resiliencia, la aceptación, la confianza, la naturalidad, la autenticidad, la asertividad, la libertad, la dignidad y, algo que cada día parece más difícil, con el respeto “real” a los demás. Y, sobre cualquier otra cosa, con procurar rodearnos de personas que nos quieren y queremos, sin condiciones… como “los de la fotografía”

Jordi Foz

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