Una orden

La gran María Joao Pires despidió en Madrid su carrera como concertista de orquesta con el tercero de Beethoven, acompañada por la orquesta de París y Daniel Harding a la batuta. Durante el descanso me enteré de una anécdota: en 2010, y a las órdenes de Riccardo Chailly, tenía anunciado un concierto de Mozart en Amsterdam, y llegó el día del lunch concerto (una actuación previa y menos formal que la del estreno); primer ensayo de dos artistas que se conocen bien, la sala abarrotada, los arcos en ristre,  y nuestra heroína ante el teclado; Chailly alza la batuta, primer compás de la orquesta y…. el delicado rostro de la Pires se descompone en una expresión de horror primero,  pánico luego, imposibilidad  después.

La mira el director, y ella le dice que se ha estudiado un concierto distinto; Chailly continúa impertérrito frente a la orquesta, y le dice: “puedes hacerlo, éste lo has tocado en la última temporada”; el gesto de desesperación de la pianista persiste; pasan unos segundos: “…así que ¡hazlo!“, continúa el de la batuta; la Pires recompone la faz, se concentra, busca en su interior, y trae a la tecla el maravilloso D minor que conocía, pero no había estudiadoy lo que se escuchó fue sublime.

Todo intérprete tiene su repertorio y cada partitura requiere una aproximación, un trabajo físico y un ejercicio de memoria propios. Cuando uno conoce la pieza y la acaba de estudiar, se dice que la tiene en dedos, es decir, con capacidad para interpretarla en el momento. Pero las piezas que no se tienen en dedos, aunque se conozcan bien, requieren volver sobre ellas, traerlas a la memoria, preparar el espíritu, y adecuar la estrategia física para ofrecer la lectura que se desea. De ahí que consideremos arte la forma en que M.J.Pires se repuso del shock.

Pero, si arte fue lo de la Pires, tanto o más arte veo en el ejercicio de liderazgo del director de orquesta. Un visionado atento de la escena nos muestra cómo Chailly percibe la inquietud de la pianista y continúa dirigiendo, escucha su problema y continúa dirigiendo, le declara su confianza y continúa dirigiendo. Pero la pianista sólo hace click cuando escucha a golpe de batuta: “…así que ¡hazlo!” (“..so  you do that“). Un intérprete en recital puede variar su programa a última hora y todo el mundo lo perdona, pero tocar con una orquesta es otra cosa. La responsabilidad de hundir la sesión o el prestigio de conjunto y director, es enorme. Por eso el ejercicio de confianza de Chailly no era suficiente. El “tú-puedes-baby“, aún fundamentado por haber tocado ya juntos la obra, sólo dió fruto gracias a un maravilloso acto de lenguaje: la orden de “hazlo” Esas palabras generaron otra realidad; con ellas el director asumió  la responsabilidad de lo que pudiera pasar, le eximió a la Pires de ella y ésta, liberada,  pasó de la imposibilidad a la acción.

¡Menudo encaje de bolillos esto del liderazgo! Conseguir una buena combinación entre creer en el otro, entregar responsabilidad, controlar y ejercer autoridad para tomar decisiones, es difícil. Algunos lo hacen por intuición, otros lo aprenden. Quién nos iba a decir que sería una orden del director la espoleta que devolvería a los dedos de nuestra heroína  sus sublimes posibilidades.

Araceli Cabezón de Diego

 

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