Con los tópicos, mejor a lo loco

En sus hilarantes Memorias, Miguel Mihura nos cuenta que al cumplir cuarenta años su tío le dio el gran disgusto de comunicarle solemnemente que ya era un hombre y había llegado la hora de elegir una profesión y ponerse a trabajar. Y él, una vez pasado el susto y calmado el llanto, decidió ser tiple, como la tía Leocadia.

Cuando uno no tiene a mano una tía Leocadia que le sirva de modelo en la vida, puede recurrir al cine. A los personajes de Meryl Streep, por ejemplo. Y no lo digo por los berridos en escena de Florence Foster Jenkins, sino porque la Streep es quizás la actriz contemporánea que mejor consigue hacernos creer todo lo que se propone ser en la pantalla.

Hace 35 años que se estrenó La elección de Sophie y su terrible decisión aún nos estremece y nos confunde. Al igual que seguimos preguntándonos si se equivocó al intentar forzar a Robert Redford al matrimonio en Memorias de África,  o al dejar plantado a Clint Eastwood en Los puentes de Madison. En Agosto nos curó de cualquier resentimiento hacia nuestra madre: la peor es un ángel comparada con ella. Y con Mamma mia! nos reconcilió, por agotamiento, con la previsible tranquilidad de un hogar convencional.

Es tan buena actriz que la caricatura de directiva poderosa en El diablo se viste de Prada parece verosímil, y hasta me atrevería a apostar que ni el más acérrimo laborista sale de ver La Dama de hierro sin haberse sentido conmovido.

Y en cambio, algo me rechina en su Katharine Graham, la gran editora del Washington Post, en Los Papeles del Pentágono. La Graham se confesaba en sus memorias, ahora editadas en español, tímida, algo patosa, acomplejada por su torbellino de madre y más que insegura, dubitativa o, mejor dicho, reticente a tomar decisiones sin contar con toda la información y las opiniones posibles. Pero nada de eso la convierte en ñoña. Si da esa impresión en la película, quizás sea porque a su director, Spielberg, se le ha ido una vez más la mano recurriendo a los tópicos para ejemplarizar.

Los tópicos pueden resultar muy cómodos, pero mirar la vida únicamente a través de ellos también entraña sus peligros. El sobrino de la tía Leocadia, por ejemplo, terminó casado con un notario de Edimburgo. Desde su palco de abono, encandilado por aquella voz de tiple, nunca dudó el probo notario que la garganta no fuera la de una fémina. Y el sobrino aplicado, a su vez, le dio el sí al notario escocés fiando su sexo a la faldita de tablas que vestía. Pero esto ya no es una de Spielberg, sino puro Billy Wilder.

Elena Carantoña

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