Competencias


No sé si estoy totalmente de acuerdo con las conclusiones de este artículo aparecido en La Vanguardia el pasado día 28 de marzo, pero me gustaría estarlo…

Según su argumentación estadística, “el mercado laboral valora cada día más la experiencia que proporciona la edad” y parece lógico que así sea aunque, quienes nos podemos considerar incluidos en ese amplio colectivo de séniors, no siempre hayamos tenido esa percepción.

Me parece evidente que la experiencia que proporcionan los años y la vida en general, debería ser siempre adecuadamente considerada y que, seguramente, existen habilidades y competencias que sólo se pueden adquirir mediante la práctica y las vivencias personales.

La “cruz” de esta moneda, parece ser la irreductible tasa de desempleo entre los jóvenes. Como sucede a menudo, la mejor situación debería estar en el equilibrio. Las organizaciones y los equipos necesitan tanto de la experiencia (“eso que uno hace con las cosas que le suceden”) como de la juventud,  y cualquier solución que prescinda de lo uno o de lo otro, se está perdiendo una energía y unas capacidades a las que nadie debería renunciar.

Es una cuestión de equilibrio, de estrategia, de generosidad, de inteligencia y de sentido común.

Jordi Foz

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En el llamado Foro de Davos del pasado año (“World Economic Forum” es su nombre oficial), se presentó el informe titulado “The future of Jobs”, en el que se intenta predecir como habrá afectado al empleo, alrededor del año 2020, la llamada Cuarta Revolución Industrial.

Uno de los aspectos más interesantes del informe, desde mi punto de vista, es el relativo a la evolución esperada de las habilidades necesarias para el desempeño de los empleos que consigan sobrevivir y para los de nueva aparición.

En el cuadro anterior se relacionan las diez competencias más requeridas a juicio de los expertos y su estimación para el año 2020. Aceptando lo impreciso e incierto del ejercicio, me parecen muy interesantes las muchas reflexiones que pueden derivarse de esta evolución.

Por ejemplo, en relación a las tres primeras del ranking, “Resolución de problemas complejos” se mantiene en el puesto 1; “Pensamiento crítico” pasa del puesto 4 al 2, y “Creatividad” del 10 al 3… Me resulta curioso que “se caiga” de la lista del 2015 la competencia de “Escucha activa”, pero quiero creerla incluida en la de “Inteligencia emocional” que aparece como nueva en el puesto 6.

Dos últimas reflexiones en forma de preguntas: ¿Con qué parecen relacionarse más estas aptitudes, con conocimientos técnicos, competencias personales, habilidades sociales…? Y una que me parece especialmente relevante ¿Cómo están respondiendo a este reto los sistemas educativos?

Jordi Foz

ListeningEn nuestras viñetas, hemos hablado a menudo sobre esta competencia “mágica”, pero nunca parece ser suficiente.

Escuchar para entender; para entender lo que dice la otra persona y desde dónde lo dice, en lugar de escuchar para rebatir o responder, como hacemos habitualmente.

Si estoy elaborando mi respuesta mientras el otro habla, estoy a la defensiva y no dejo ningún espacio a entender lo que me está mostrando de sí mismo, a lo que me está diciendo, a interpretar sus palabras y a permitir que me influyan.  Escuchar es oír más interpretar y darle un sentido a lo dicho.

La buena noticia es que la escucha es una competencia que se puede desarrollar. “Sólo” hay que tomar conciencia y practicarla… incansablemente.

Peter Drucker decía que “Demasiados directivos piensan que son maravillosos porque hablan bien. No se dan cuenta de que ser maravilloso para las personas significa escuchar bien”. No podría estar más de acuerdo.

Jordi Foz

mejor imposibleEs una  historia divertida  de tres seres singulares unidos más por casualidad que por voluntad propia.  Recuerdo no haber sentido al verla más que un tierno regusto de comedia bien hilada, hasta que llegó la escena del viaje. El estrafalario trío formado por  el neurotiquísimo escritor Melvin Udall  (Jack Nicholson), la sufrida camarera y madre soltera de hijo asmático Carol Connelly (Helen Hunt),  y el artista  Simon Bishop (Greg Kinnear), un alma cándida y bastante  “pupas”, emprende  un viaje a Baltimore para visitar a los padres de éste, con quienes mantiene una relación tortuosa, en busca de apoyo financiero para sufragar los gastos médicos originados por una paliza “a domicilio” con que le obsequiaran unos ladrones.

Tan impar como forzado, el trío se ve obligado a convivir durante un tiempo en el reducido espacio de un coche.  Al cabo de unas horas, Simon, vendado copiloto de Carol, siente la necesidad de hablar de la naturaleza de su relación filial y es ahí donde se produce uno de los mejores ejemplos de escucha que me atrevo a recordar. Para Simon la confesión era difícil, y, a pesar del boicoteo de Melvin, Carol sabe que es importante para él y decide escucharle. Al principio vemos pendulear su mirada:  al frente como conductora prudente,  a la izquierda como confidente interesada; abre los ojos, asiente, escucha; Simon sigue adelante en un relato costoso para él, comienza a emocionarse, y en ese momento ocurre: Carol para el coche, deja de mirar al frente, declara que quiere escucharle, se vuelve por  hacia él  y se entrega por completo, en cuerpo y cabeza a la escucha de su interlocutor.

Si alguien quiere aprender a escuchar, que vea, analice  y copie. ¡Mejor imposible!

Araceli Cabezón de Diego

Impostor

El síndrome del impostor es un fenómeno tan habitual como poco conocido e identificado por quienes lo padecen.  Cuando acuñaron este término en 1.978, las psicólogas clínicas Pauline Clance y Suzanne Imes le estaban poniendo nombre a algo que siempre ha atormentado -en mayor o menor medida- a muchas personas, especialmente en el ámbito profesional. 

Y, cómo no, una vez más, está relacionado con el miedo : el miedo al fracaso, al error, a no estar a la altura, a decepcionar, a que se descubra “el fraude” que soy … Está relacionado con una angustiosa incapacidad de aceptar y asumir nuestros propios éxitos; con el convencimiento íntimo de “no merecer estar donde estoy” … 

Siempre somos capaces de encontrar explicaciones a las cosas que nos suceden, y resulta relativamente sencillo hablar de suerte, de azar, de coincidencias, del destino, de “caer bien” y de mil otras posibles razones para justificar lo que legítimamente hemos conseguido con nuestra competencia, esfuerzo y trabajo.

Por eso, cuando nos aceche algún pensamiento de este tipo, es recomendable, primero, ser conscientes de que no hemos inventado nada y “no sólo nos sucede a nosotros” y, segundo, a la hora de valorar nuestra competencia profesional y personal, tratar de poner más el foco en nuestros logros y éxitos que en nuestros errores y equivocaciones que, al final, no son más que el mejor de los sistemas de aprendizaje.

Jordi Foz 

ConfiabilidadEstás hablando con alguien sobre algo que te interesa pero la conversación ha sido improvisada y no tenéis tiempo así que la otra persona te dice : “no te preocupes, mañana te llamo” … Intuitiva e inevitablemente, ese increíble órgano que casi todos tenemos en el cráneo “busca” entre tus creencias y experiencias y te envía un mensaje inmediato en el que te dice … que no llamará; o quizá que sí lo hará. Tu cerebro acaba de evaluar la confiabilidad que te merece esa persona.

El diccionario de la RAE la define como la “cualidad de confiable” (?), lo cual ya supone una pista, pero que me parece claramente ampliable. Y así lo hace Rafael Echeverría en su “Ontología del lenguaje” cuando afirma que “la confiabilidad es la competencia general que tiene alguien de cumplir sus promesas”. Pero, además, incluimos algún matiz muy relevante : damos por supuesta la sinceridad y la competencia (la capacidad) de ese alguien para hacer lo que prometió; lo que sucede es que a veces la experiencia y el historial de incumplimientos de esa persona “sincera y competente”, nos hacen recibir ese mensaje de que, sencillamente, inexplicablemente, … no lo hará.

A menudo me han planteado cuál es la diferencia entre confiabilidad y credibilidad y mi opinión es que, efectivamente, son conceptos muy cercanos y parecidos. A mi me sirve situar la credibilidad en el ámbito algo más abstracto de las ideas, declaraciones y conceptos, mientras que la confiabilidad lo estaría más en el de la acción, del “hacer” sistemáticamente las cosas concretas que me he comprometido a hacer.

Así pues, no estaríamos hablando de un “activo físico” que se pueda observar a simple vista, sino de un intangible que se va construyendo a través de la opinión de quienes evalúan las acciones que uno realiza. Me cuesta identificar una competencia más relevante en la vida en general y en el mundo de la empresa y del liderazgo, en particular.

Es imposible calcular cuántas veces al día somos sujetos activos o pasivos de ese proceso de evaluación de la confiabilidad, pero me parece evidente que todos tenemos “por ahí dentro”, bien ordenadas en algún rincón, nuestras opiniones sobre la confiabilidad que nos merece cada una de las personas con las que interaccionamos … Y viceversa, ¡claro!  ¿Te has parado a pensar qué piensa esa otra persona cuando eres tú quien dice eso de “mañana te llamo”?  En definitiva, ¿cómo crees que estás de confiabilidad? Y ¿cómo crees que podrías saberlo?

Me quedo con la sensación de que se han abierto muchos hilos de los que tirar en relación a este tema y, por lo tanto, “me comprometo” a continuar en una próxima viñeta. (Me encantaría poder saber qué mensaje os ha enviado vuestro cerebro en relación a este comprmiso que acabo de adquirir …) 

Jordi Foz

Hoy es día de Reyes, el día de los REGALOS. Esta semana pensaba que saber hacer buenos regalos es todo un arte y hoy me apetece reconocer y valorar la excelencia en este campo.

Vaya por delante que el simple acto de hacer un regalo a alguien tiene un gran valor, ya que supone dedicar tiempo, energía y dinero de uno para que la otra persona viva un momento especial. No conozco a nadie a quien no le guste recibir un regalo -estoy ignorando de manera consciente los regalos envenados, que también los hay-.  Normalmente se genera una respuesta de gratitud que dice “me alegra que te hayas acordado de mí”.

Algunos reyes magos se distinguen por una competencia adicional que tiene que ver con ser un buen observador, con conocer al otro, con ponerse en sus zapatos e intuir lo que puede hacerle ilusión… ¿qué se compraría si pudiera? ¿qué colores le sientan bien? ¿le gusta leer?  Hay reyes que  logran hacer el regalo desde lo que a la otra persona le gusta. En estos casos, el receptor suele devolver una sonrisa que dice: “qué bien me conoces”, “cómo sabes lo que me gusta”, “qué acierto”.

Y es posible distinguirse aún más, añadiendo a la dedicación y a la empatía una competencia adicional: la valentía. Son los reyes magos capaces de arriesgarse e ir más allá de lo que es obvio para el que recibe el regalo. No están seguros de acertar pero intuyen que pueden abrir una ventana de posibilidad, un reto interesante, ampliar el repertorio, añadir algo nuevo al otro… y van y se arriesgan. A mí me encantan, les devuelvo una mirada de admiración por haberse atrevido a equivocarse para enriquecer mi vida.

Y termino con un regalo. Es una cita extraída de la obra “Viaje a la India” de Waldemar Bonsels, que me gustó cuando la leí y hoy encaja muy bien: “El mejor regalo que puede ofrecernos una persona es su confianza en nuestras propias fuerzas”.

¡Feliz día de Reyes!

Ane Aguirre

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