Comunicación


La noticia -que hubiera sido imposible hace pocos años- circuló el pasado mes de junio: por primera vez en su historia, la Universidad de Harvard ha cancelado la admisión de diez aspirantes por sus comentarios de contenido racista o xenófobo en un grupo privado de Facebook.

La reflexiones posibles son varias, pero me gustaría centrarme en dos: la primera, de índole moral, sobre la licitud de tomar decisiones relevantes para las personas por cosas que dijeron o hicieron en el pasado… Y, en ese supuesto, ¿hasta cuándo nos remontamos? ¿qué niveles de inmadurez, inocencia o error pueden ser o no admisibles y durante cuánto tiempo?

La segunda cuestión, que me parece más personal y más susceptible de gestionar, gira en torno al valor que le damos a nuestra propia imagen pública, especialmente en un mundo en el que la información circula y, sobre todo, persiste, ilimitadamente.

Sin que podamos evitarlo, todos nos formamos una imagen sobre los demás y, de la misma manera, todos (no sólo los políticos o los líderes) tenemos una imagen pública que los demás van construyendo durante nuestras vidas, a partir de las experiencias y las emociones que les provocamos.

Nuestra forma de ser y de actuar es nuestra manera de comunicar;  de transmitir una imagen que está ligada a conceptos tan esenciales y tan frágiles como la reputación, la confianza, el respeto, la credibilidad, la confiabilidad…

¿Tenemos idea de cuál es la imagen que inspiramos en los demás? ¿Nos importa o nos preocupa? ¿Nos atrevemos a preguntar sobre ella? La experiencia nos dice que indagar en esta materia tan sensible provoca más sorpresas que lo contrario y que, a menudo, lo que piensan los demás y lo que nosotros pensamos que piensan… son cosas bien diferentes.

Jordi Foz

P.D.: La imagen de la viñeta será obvia para algunos, pero explico mi intención al seleccionarla: los Presidentes Kennedy y Johnson son, en mi opinión,  dos claros ejemplos de políticos que tuvieron una imagen pública sensiblemente diferente a la que justificarían sus actuaciones y resultados reales.

lenguas2Los griegos pensaban que la forma de hablar de los demás pueblos no era lengua. La palabra griega βάρβαρος (barbaroi) derivaba de una onomatopeya que imitaba el sonido de los no-grecoparlantes (como si éstos fueran uno solo),  y  significaría algo así como “el que no habla”.

Más de 7000 años después tenemos repertoriadas casi  7000 lenguas distintas vigentes en el mundo (6912 si fuera posible ser exactos). Reconocemos como lenguas las que se hablan en otros países  distintos al nuestro y estamos seguros de que los habitantes de otros lugares sí saben hablar, por raros que nos parezcan su sonidos o sus estructuras.

Pero pasar del reconocimiento de colectivos al reconocimiento de individuos….¡es otro cantar! El mismo  código lingüístico, el mismo significante, la misma palabra, tiene casi tantos significados como individuos la utilizan.  A cada significado del diccionario le superponemos nuestra experiencia individual, nuestro contexto cultural, nuestro mundo de creencias personales y colectivas. Y eso hace que muchas veces reputemos al otro como barbaroi, simplemente porque no atribuye a una palabra el mismo significado que nosotros… y en vez de escucharle para descodificar, le traducimos a nuestro código o nos quedamos tan anchos pensando que no sabe hablar.

…una vez más, esto de  conversar tiene que ver sobre todo, con aceptar y escuchar.

Araceli Cabezón de Diego

 

 

Emoticones¿En qué momento de nuestras vidas empezamos a sustituir algunas conversaciones por mensajes de whatsapp? ¿Quién no ha recurrido alguna vez a un neutro mensaje escrito para sortear una pregunta o cuestión incómoda, un pésame demasiado tópico o una felicitación que era más de compromiso que sentida? ¿Quién no ha oído hablar de rupturas o despidos comunicados por email o mensaje de móvil?

Por supuesto que sólo me refiero a situaciones determinadas y que no se trata de rechazar, con una generalización injusta y absurda, ni las nuevas tecnologías ni menos aún las increíbles alternativas de comunicación que han puesto a nuestro alcance, y que eran simplemente inimaginables hace pocos años.  Personalmente, no sólo creo que el cambio es bueno y necesario sino que, además, me parece “inevitablemente inevitable”.

Lo que a veces me inquieta es el progresivo, indiferente e imparable proceso de descarte de muchas oportunidades de mantener una relación personal mucho más directa, sin pantallas interpuestas. Y por eso me gustaría reivindicar una vez más el valor insustituible de la conversación -también de las conversaciones incómodas- como el espacio necesario y trascendente de las palabras habladas; las que sólo pueden expresarse con tonos, matices y emociones; las que se dicen de tú a tú, las que suponen riesgo y exposición ante la otra persona.

Creo firmemente que las relaciones personales, familiares y profesionales se construyen mejor, son mejores y nos hacen mejores, cuando somos capaces de mantener conversaciones “cara a cara”, sinceras, honestas, “humanas”… y con la predisposición a mostrar y compartir, sin miedo ni barreras, nuestras miradas, fragilidades y sentimientos.

Jordi Foz

Dibujo de Asier Gallastegi

Dibujo de Asier Gallastegi

Ane Aguirre

Vesper cocktailCada vez que recibo puntualmente los post de Vesper los viernes trato de adivinar el mensaje por el título. Algunos revelan más que otros, pero en todos los casos esa dinámica produce en mí un efecto positivo y otro negativo. Por un lado estimula mi imaginación pero por otro distorsiona la comunicación al comparar lo que me espero con lo que me encuentro, no dejando mi mente en blanco para recibir claro el mensaje.

Juntando estas dos ideas, el título del último post de cine (V.O.S.) me sugería precisamente todo lo que nos perdemos cuando vemos una película doblada. Esa pérdida viene producida principalmente por dos aspectos: la traducción y la interpretación del doblador.

Adicionalmente, el hecho de que haya muchos más actores que dobladores, hace que seamos capaces de reconocer voces que se les han puesto a otros personajes. La última sorpresa desagradable en este sentido fue viendo en castellano el primer capítulo de “Generation Kill”, una mini serie dedicada a la invasión de Bagdag en 2003 en la que sus protagonistas tenían las voces de Walt (Breaking Bad), Howard Wolowitz (The Big Bang Theory) y Marshall (Cómo conocí a vuestra madre). Ver un drama con las voces de dos personajes de comedia impidió que pudiese meterme en la historia.

Cuando algo nos interesa o es importante de verdad, debemos ir a la fuente, no dejando que nos traduzcan lo que otros dicen y escucharlo directamente, sin interpretaciones adicionales, tratando de eliminar todo el ruido posible en la comunicación.

¿Sabéis de cuantas formas ha sido traducida la forma de preparar nuestro querido Vesper en las diferentes películas de James Bond? Pinchad aquí para comprobarlo.

Víctor García

kissUn beso para nuestros lectores y también un lema que hago mío para este año: Keep it Simple, Stupid! Tal y como están las cosas, no estamos para perder el tiempo y menos para que nos lo hagan perder.

Y para muestra, un botón. Estamos cambiando de compañía telefónica y nos enfrentamos a trámites de todo tipo: pedir y comparar ofertas, darnos de baja y de alta, revisar las terminales (¿tienen permanencia?, ¿están liberadas?, ¿cómo sincronizamos los datos?). Eso y coordinarnos con los “técnicos” e intentar comunicarnos con acrónimos: sim, pin, puk, imei,…,kiss 😉

Sabéis de lo que os hablo y compartiréis conmigo que muchas de esas tareas son interminables e insufribles y que los que las “pensaron”, consiguieron hacer complicado lo que podía ser fácil. Vamos, una experiencia del cliente mejorable.

¿Por qué nos encontramos con personas o “entes” que hacen eso? Se me ocurren tres motivos principales: porque ganan dinero y negocio con ello, porque engordan su ego a través de discursos eternos y absurdamente complejos o porque no han dedicado el tiempo necesario a simplificar las instrucciones o el proceso.

InstruccionesHace tiempo ya elogiábamos aquí la sencillez y, para completar el concepto, leyendo Simplicity de Edward de Bono, me quedé con una frase que me gustó: “there is often a much simpler way of doing things if you make the effort to look for it. Simplicity does not just happen“.

Así que, si no “ocurre”, nos tenemos que poner manos a la obra y dedicarle tiempo, esfuerzo y creatividad. Eso o que lo hagan los clientes para entendernos y que luego elijan…

Oscar Garro

WhatsAppEn una reciente viñeta, Ane hablaba de la distancia y de la “brecha inevitable” (en palabras de Echeverría) que se producen en todo proceso de comunicación, entre lo que uno dice y lo que el otro escucha, y citaba también algunas de nuestras posibles acciones para intentar minimizar esa brecha.
Su reflexión me recordó algo que me sucedió hace poco y que, si no tanto con la escucha, sí que está relacionado al menos con la comunicación.
Hace unas semanas me disponía a contestar un “whatsapp” (hubo un tiempo en que la gente se escribía cartas!) y me encontraba en ese estado de ánimo en que no me bastaba una respuesta convencional, de compromiso. “Necesitaba” decir alguna cosa más a la otra persona, ser más claro; aunque intuyera –o quizá precisamente por eso- que mi respuesta podía modificar “no sé cómo” el tipo de relación que manteníamos.
Tampoco nada dramático. Sólo se trataba de quitar a mi respuesta un par de capas de esa “ambigüedad” social con la que a menudo acostumbramos a cubrir la expresión de nuestras emociones y sentimientos.
Me puse a escribir mi whatsaap cuidadosamente, repasé posibles matices e interpretaciones, lo revisé, lo leí en voz alta, tomé aire … y le di a la tecla de enviar.
Supongo que todos hemos vivido situaciones parecidas : por un momento, absurdamente, parece que esperara una respuesta inmediata (?); pero unos minutos después ya me había convencido de que eso requería su tiempo … Fueron pasando los días y como es fácil suponer no dejaba de darle vueltas a la cabeza intentando imaginar algo tan imposible como qué habría interpretado la otra persona;  y pasando en mis elucubraciones del “blanco al negro” a través de todas las tonalidades posibles : ¿me he pasado? ¿no he llegado? ¿he sido demasiado brusco o, por el contrario, ni se ha enterado?
Transcurrida casi una semana de perplejidad (me había preparado para cualquier respuesta menos para la falta de respuesta); aún no sé por qué se me ocurrió mirar el móvil … y sí, efectivamente, allí estaba mi mensaje, en la bandeja de salida … y sin salir, claro! Como mirándome, burlón, con expresión de ¿qué te parece? ¿cómo lo ves? Creo que estuve mirándomelo un buen rato, incrédulo, con cara de pasmarote …
Así que, otra cosa que podemos hacer para asegurarnos la comunicación y reducir la brecha que citaba Ane es, sencillamente, una vez más, … no dar nada por supuesto y asegurarnos de que nuestro mensaje ha llegado al destinatario. Y tener claro que aún hoy, cuando ya casi nadie se escribe, todavía hay “cartas” que no llegan …

Jordi Foz