Experiencias


No sé si estoy totalmente de acuerdo con las conclusiones de este artículo aparecido en La Vanguardia el pasado día 28 de marzo, pero me gustaría estarlo…

Según su argumentación estadística, “el mercado laboral valora cada día más la experiencia que proporciona la edad” y parece lógico que así sea aunque, quienes nos podemos considerar incluidos en ese amplio colectivo de séniors, no siempre hayamos tenido esa percepción.

Me parece evidente que la experiencia que proporcionan los años y la vida en general, debería ser siempre adecuadamente considerada y que, seguramente, existen habilidades y competencias que sólo se pueden adquirir mediante la práctica y las vivencias personales.

La “cruz” de esta moneda, parece ser la irreductible tasa de desempleo entre los jóvenes. Como sucede a menudo, la mejor situación debería estar en el equilibrio. Las organizaciones y los equipos necesitan tanto de la experiencia (“eso que uno hace con las cosas que le suceden”) como de la juventud,  y cualquier solución que prescinda de lo uno o de lo otro, se está perdiendo una energía y unas capacidades a las que nadie debería renunciar.

Es una cuestión de equilibrio, de estrategia, de generosidad, de inteligencia y de sentido común.

Jordi Foz

nieveEste verano por fin he podido mover del montón de libros pendientes la bonita novela de Milena Busquets, “También esto pasará”. 

Pero la reflexión que quiero compartir en la viñeta de hoy, no es tanto sobre el contenido del libro, que a mi me gustó mucho, como sobre su título o, mejor dicho, sobre el cuento que inspira el título y que la propia autora explica en la contraportada.

Se dice que un poderoso emperador pidió a sus hombres más sabios una frase que le sirviera y ayudara en todas las situaciones posibles en la vida y que, tras muchos meses de deliberaciones, la propuesta que los sabios presentaron al emperador fue la que da título al libro: “También esto pasará”… (una vez más, smart is simple”!).

La verdad es que no sé si el cuento existía antes del libro o sólo es un recurso literario de la autora y forma parte de la propia novela, pero me da lo mismo. El título se me quedó “enganchado” y es más: me pareció reconocerlo en distintos puntos de mi ya largo pasado, de mis experiencias más vitales.

Estoy seguro de haberme repetido más de una vez ese “también esto pasará”; y de haberlo hecho en base a la lógica, a la necesidad, a la desesperación o a reflexiones personales, sin conocer por supuesto a los sabios del emperador.  Y también,  de haberlo hecho en todo tipo de situaciones: buenas, malas, peores y regulares.

Y es que es tan evidente que todo acaba pasando, que se hace difícil entender por qué razón no lo tenemos más presente! Y por qué en demasiadas ocasiones, nos comportamos, por acción o por omisión, por hacer o por dejar de hacer, como si todo fuera a durar eternamente y el tiempo no se nos estuviera escapando entre los dedos.

Jordi Foz

 

liderazgo-running-apertura

Es la propuesta que hacemos: cambiar de escenario, calzarse las zapatillas, correr en las dunas de Merzouga acompañados por un campeón del mundo de maratón y compartir reflexiones sobre cómo desarrollar competencias de liderazgo.

Los que conocemos el lugar sabemos que tiene magia y que los momentos vividos y los aprendizajes se convierten en experiencias transformadoras. En el programa “Liderazgo & running: una experiencia en el desierto“, durante 7 días en marzo, comprobaremos cómo la práctica del deporte nos aporta una oportunidad extraordinaria para descubrir la capacidad de liderarnos y liderar a otras personas.

En este artículo tenéis un aperitivo sobre las conexiones entre deporte y liderazgo, tema sobre el que hablaremos en la sesión abierta del  próximo día 23 de enero  en el Elkartegi de Getxo.

Estáis todos invitados. ¡Os esperamos!

Oscar Garro

Lucía y Ane en la pirámide del Sol en Teotihuacan

Lucía y Ane en la pirámide del Sol en Teotihuacan

…gracias a que hemos tenido excelentes anfitriones. Gracias a ellos hemos conocido más y mejor, hemos entendido lo que veíamos, escuchábamos y degustábamos, hemos podido traducir lo que sentíamos, hemos podido apreciar matices que de otra forma no habríamos ni siquiera intuido y hemos podido enriquecer nuestra mirada y reirnos en mexicano.

Los exquisitos chapulines, los sabores de los distintos mezcales, la interesante visita al cárcamo del bosque de Chapultepec, un primer contacto con los generosos desayunos mexicanos en un paraje precioso en Guanajuato… Entender la vida de familias vascas que vienen a México a compartir proyectos y ganar mercados, cenar en un precioso balcón de la plaza mayor de Córdoba, saborear unas coronas en una cantina mexicana, hablar con un artista sobre su trabajo en San Miguel de Allende…

Disfrutar del patio del Azul Histórico, degustar la nueva cocina mexicana en el Quintonil, subir a la pirámide del sol con Lucía y escuchar las explicaciones de Alberto sobre quiénes fueron los tehotihuacanos. Conocer en profundidad las inquietudes de la sociedad mexicana en relación a la violencia derivada del narcotráfico, poder platicar con un coach mexicano sobre cómo viven acá la profesión…

Todas estas experiencias y conversaciones  nos estan dejando un excelente sabor de boca sobre este país, sobre sus oportunidades, sus ganas de prosperar y de estar en relación con el mundo.

Sencillamente, un lujo. Qué suerte que haya personas que disfrutan acogiendo y creando el ambiente para que los que van “de visita” se sientan “en casa“. Así nos hemos sentido estas dos semanas en México gracias a Héctor, Carlos, Antonio, Pablo, Yolanda, Peter, Adriana y Lorena. Y, especialmente, gracias a Blanca y Armando y a toda su familia que nos han abierto sus puertas con tanta generosidad. Gracias a todos. Nos encantará disfrutar ejerciendo el arte de ser anfitrión, cuando vengáis a Bilbao.

Ane Aguirre y Oscar Garro

Tras varios años sin vernos estaba almorzando con un antiguo compañero,  ya jubilado, que había ocupado importantes posiciones directivas.    La conversación, agradable,  más de pasado que de futuro y más de recuerdos que de propuestas, nos llevó inevitablemente a nuestro lugar común : los espacios y tiempos que habíamos compartido en nuestra profesión.

Él había sido un directivo respetado, admirado y apreciado.  Probablemente,  mucho más de lo primero  y segundo que de lo tercero.  Todo el mundo le reconocía su honestidad, honradez, fiabilidad,  imparcialidad, ejemplo …  No pedía nada que él no fuera el primero en hacer.  Sin embargo en sus comportamientos era  más rígido que flexible; más de normas y procedimientos que de iniciativas e intuiciones; más formal que informal; más educado que afable; más tímido que extrovertido; más humilde que soberbio, más tenso que relajado … Seguramente ya os empezáis a hacer a la idea del perfil que intento definir.

Pero,  por encima de cualquier otra característica,  lo que le distinguía era su infatigable capacidad de trabajo que se concretaba en interminables y agotadoras jornadas.   Lo habitual era acabar por encima -o muy por encima- de las diez de la noche  y, por ejemplo,  convocar reuniones a las nueve de la noche … Pero quiero insistir –para retratar bien el perfil- que todo esto lo hacía, si vale la expresión, con absoluta … “naturalidad”, sin prepotencia, sin exigencias ni amenazas.  Sólo  porque “había que hacerlo”, porque “había mucho trabajo” y  porque “era una época muy complicada” (?) …

Pues bien, en un momento dado de nuestro encuentro,  se quedó mirando un punto fijo, indeterminado, pero que situé en la memoria de su pasado  y, como si lo dijera para sí mismo, sin ser consciente ni darle ninguna importancia, me regaló una reflexión que desde entonces procuro no olvidar : “Realmente, no hacía falta tanto …”  No dijo más ni le pregunté nada.  Los dos sabíamos perfectamente de qué estábamos hablando.

Después de tantos años,  evocar su pasado le provocaba precisamente aquella reflexión.  Y pensé que estaba hablando por él  pero seguramente también por todos sus colaboradores … Por todo aquel tiempo “hurtado” innecesariamente a la familia, a los amigos, a uno mismo, a la vida …

Y lo demoledor para mi es que, desde entonces, no me cuesta nada identificar actitudes parecidas a mi alrededor.  Renuncias (perfectamente evitables) a oportunidades, momentos y sensaciones que nunca volverán.  Y me es inevitable pensar -una vez más- que la experiencia es eso que tenemos cuando ya no nos hace tanta falta …

Jordi Foz

En los últimos días he vuelto a releer una de mis obras preferidas : “El mundo de ayer. Memorias de un europeo” de Stefan Zweig.  Me resulta especialmente interesante, casi conmovedor, el primer capítulo que, de manera muy gráfica, titula : “El mundo de la seguridad”.

Zweig describe magistralmente “la época en la que crecí y me crié”, como “la edad de oro de la seguridad”, (¿?) en la que todo era estable, predecible, garantizado … “todo el mundo sabía cuánto tenía o cuánto le correspondía, qué le estaba permitido y qué prohibido” …  Es en definitiva el retrato de toda una época; de un mundo tranquilo, pacífico, seguro,  previsible, en el cual “nadie creía en las guerras, las revoluciones ni las subversiones. Todo lo radical y violento parecía imposible en aquella era de la razón”.   Y la cuestión es que estamos hablando del período justamente anterior a “La Gran Guerra”, la que luego, lamentablemente, hubo que numerar como la Primera Guerra Mundial; una de las más espantosas masacres de la humanidad.

Y la reflexión que me sugiere es que ni a mi, ni probablemente a muchas otras personas, nunca se nos hubiera ocurrido definir aquellos tiempos (más o menos entre 1870 y 1914) como una época precisamente  de seguridad y confianza.  Pero Zweig – desde “allí” – sí lo hace, y lo hace con mucha rotundidad y con ejemplos muy concretos.

Así que llego a la conclusión de que debe de ser una cuestión de perspectiva.  La que la RAE define como : “Visión, considerada en principio más ajustada a la realidad, que viene favorecida por la observación ya distante, espacial o temporalmente de cualquier hecho o fenómeno” …  Y pienso, entonces, que cuántas cosas que vivimos y que sentimos en nuestra vida son también una cuestión de perspectiva; de observar con una cierta distancia, espacial o temporal …  Y me parece que a la perspectiva le sucede  lo mismo que a la experiencia : que  acostumbramos a tenerla  cuando ya no nos hace tanta falta …

Y es justamente por eso que en Vesper nos gusta compartir nuestra experiencia,  y acompañar a nuestros amigos en el apasionante proceso de  cuestionar y ampliar sus formas de mirar y sus perspectivas.

Jordi Foz

Foto sacada desde la ribera opuesta del río Yamuna

Me habían contado que las vacas y los monos participaban de la vida de las ciudades indias, que andaban por las calles y los tejados con total “normalidad”. También había escuchado a personas que habían visto el Taj Mahal que era una preciosidad, además de haber visto un montón de fotos.

Claro que vivirlo en primera persona es diferente. Llevo unas semanas diciendo “te lo cuento, pero es que para entenderlo es necesario tocarlo, olerlo, sentirlo, escucharlo…”. Tocar el mármol de las paredes, sentir el valor de las incrustaciones que decoran el edificio, verte pequeña al lado de la grandeza de su tamaño, sentir el calor del sol con el que el edificio adquiere una tonalidad nueva, vivir el rato de silencio que ofrece el atardecer al otro lado del río. He preferido poner el ejemplo del Taj Mahal y no el de las vacas y los monos… porque no tengo palabras para describir lo que suponen en la vida de las ciudades.

Por eso, cuando hablamos de transformar la forma de trabajo en la empresa, cuando reflexionamos con los equipos de dirección sobre cómo aplicar ciertos conceptos, solemos decir que sólo se puede hacer viviéndolos en primera persona. Sólo los directivos que hablan del cambio en primera persona (del singular y del plural) y se atreven a experimentar, son los que podrán liderarlo. Todas las aproximaciones teóricas, sencillamente, se quedan lejos de poder producir un impacto significativo.

Ane Aguirre

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