Lenguaje


El tiempo pasa y ninguno se atreve a dar el primer paso. Se miran y esperan a que sea el otro el que inicie una acción que los dos desean.

Para esta escena que todos hemos vivido y que se repetirá muchas veces este verano, no tenemos una palabra que la nombre. Los nativos yámanas de Tierra del Fuego, sí: mamihlapinatapai.

Tsundoku en japonés (comprar un libro y no leerlo), waldeinsamkeit en alemán (sensación de estar solo en un bosque) o gokotta en sueco (levantarse pronto por la mañana con el propósito de escuchar el canto de los primeros pájaros) son solamente 3 ejemplos de palabras que nosotros no tenemos y que nombran momentos que sí podemos reconocer. En este artículo aparecen otras muy curiosas e ilustrativas.

Sin embargo, creo que la cuestión trasciende a la curiosidad o a una interpretación cultural. George Steiner decía que “Lo que no se nombra, no existe” y yo estoy de acuerdo. Como escribíamos en este blog, desde que el mundo es mundo, hemos sentido la necesidad de poner nombre a las cosas pero está claro que por el camino, nos olvidamos de muchas.

Cuántas situaciones o problemas son invisibles para la sociedad y lo son porque no los nombramos. En muchas ocasiones, empezamos a hablar de ellos para darles visibilidad y en otras, hacemos campañas para tomar consciencia y tratar de resolverlos.

Yo propongo, como diría Luis Piedrahita ;-), inventar las palabras que nos faltan; buscar las que nos sirvan para usarlas rápidamente e incluirlas en nuestras conversaciones. Al fin al cabo, el lenguaje genera realidad y para construir la que nos espera, necesitaremos nuevas palabras.

Hasta entonces, este verano, cuando cruces la mirada con alguien e intuyas que los dos deseáis lo mismo, recuerda que eso es mamihlapinatapai y adelántate. Puede ser que metas la pata pero para eso ya buscaremos otra palabra 🙂

Oscar Garro

Merodeando una vez por las  secciones de unos grandes almacenes,  fui a dar con la conocida sección de tallas sueltas; revolví en el montón, miré de reojo alguna prenda y cambié de sección con un despreciativo ¡bah!  Días después en un viaje a Estados Unidos, encontré una sección parecida en una tienda de moda, con un cartel distinto: last chance to buy (última oportunidad para comprar), que en lugar de exhibir las prendas en un montón informe, las mostraba colgadas en sus respectivas perchas. Me detuve en la sección, la inspeccioné con cuidado para no perderme esa joya que no tendría posibilidad de encontrar nunca más, y, naturalmente… compré.

Parecidos hechos -una partida de prendas de colecciones anteriores y sin tallas suficientes- y distinto lenguaje: unas amontonadas, otras colgadas, unas presentadas como sueltas y por lo tanto por sobrantes, y otras presentadas como escasas y por lo tanto deseables.  Y lo que ocurrió: distinta realidad generada. En un caso desprecié, en el otro me decidí a mirar con cuidado y terminé comprando.

Esa relación entre lenguaje y realidad, tan conocida por los publicistas, va mucho más allá de una mera técnica de manipulación. El lenguaje que escogemos para hablar con los demás, nuestra forma de conversar con el otro dentro del equipo, y con nosotros mismos, genera en nosotros y nuestro contexto realidades muy distintas, que permiten e impulsan o imposibilitan y ponen barreras a los objetivos que perseguimos. Y en la empresa, como ya sabemos, los objetivos se consiguen fundamentalmente conversando. Por eso las herramientas y metodologías de Vesper tienen como objetivo “cambiar la conversación” para hacer realidad el futuro deseado.

Araceli Cabezón de Diego

www.roastbrief.com.mxEl otro día me dí cuenta. Estaba surfeando por la web de Ashoka, en busca de  alguna organización que se ocupara del tráfico sexual de niñas, y como no lo encontraba, decidí utilizar el buscador de la web. Con el cursor plantado en la cajita de la lupa me hice la pregunta: ¿qué pongo como palabra clave?, así que decidí poner “trata de blancas”.  Y en ese momento rememoré la agria sensación  que experimenté al explicarle a mi hija el significado de esa expresión cuando, todavía pequeña, me preguntó por ella.

¡Ya sé por qué!.

Como la web está en inglés, acudí al diccionario para buscar la expresión, y esto es lo que encontré: “trata de blancas” = “white female slave trading”. ¡¡Toma ya, la misma sensación agria!!!. Y en francés: “traite des blanches” y en portugués: “trafico de brancas” y en …

¡¡¡Solo hacemos la distinción cuando se trata de mujeres blancas!!!  Si no son blancas, la esclavitud está justificada en inglés, y la trata en español y el tráfico en portugués…..

Me puse a buscar una expresión sustitutiva de esa, tan asquerosamente ilícita como el comercio que describe, y wikipedia me informó de que en el año 2000 se había adoptado en Palermo, la expresión “trata de personas

Dejo a criterio del lector que, como yo, no se hubiera enterado, la voluntad de borrar para siempre esa expresión de su acervo.

 Araceli Cabezón de Diego

 

… he ahí la cuestión. La cuestión de las “etiquetas” que nos ponemos a nosotros mismos y que ponemos a otros. Hablamos de ellas porque en muchas ocasiones nos inmovilizan, nos atrapan, nos piensan y nos limitan las posibilidades de acción. Hay que decir que también nos sirven de refugio para no hacer esfuerzos por superarnos.

No es lo mismo decir “soy” que decir “estoy siendo”. No es lo mismo. Cuando declaramos soy torpe en esto, soy impuntual, soy optimista, soy un soñador, soy el mejor,… nos invitamos a quedarnos ahí, a asumir sin discusión esa condición que parece inamovible, nos vestimos con esa etiqueta para siempre.  Cuando declaramos estoy siendo torpe en esto, estoy siendo impuntual, estoy siendo optimista, estoy siendo un soñador, estoy siendo el mejor,… nos definimos en un momento y en un contexto. Nos abrimos por tanto a la posibilidad de cambiarnos, de matizarnos, de flexibilizarnos. Por supuesto, si nos da la gana.

Hace un tiempo, mi hijo Mikel que ese día se había resistido a compartir parte de su bolsa de golosinas, me preguntó: “ama ¿yo soy egoista?”. Como yo ya había aprendido la distinción pude contestarle conscientemente: “No laztana, no eres egoista, tu comportamiento de hoy con las chuches, ha sido egoista,  pero otro día puedes elegir compartirlas y ese día estarás siendo más generoso”.   Me sonrió reconfortado,  porque le abrí la posibilidad de elegir un comportamiento diferente y eso le quitó probablemente  parte de la culpabilidad que sentía. Aunque ahora que lo pienso, también le quité la excusa perfecta para seguir quedándose con todas las gominolas, la magnífica justificación de “es que yo soy así”.

Ane Aguirre

Ane nos recomendaba en FB la película Inside Job (*), Óscar al mejor documental en 2010.  Pues sí, nos gustó aunque salimos con un regusto amargo. Como dice mi crítico de cine favorito, Carlos Boyero, “A Charles Ferguson, en su intento por ser realista y didáctico, le ha salido una extraordinaria película de terror“.

No puedo estar más de acuerdo. Durante 105 minutos la película de terror desgrana con una mezcla de ironía y rigor, cómo los monstruos “construyeron” la crisis y cuál es la situación actual (con muchos de ellos todavía con un papel protagonista…). Obviamente maneja muchos términos técnicos que resultan complicados de entender hasta para un economista. Quizás en ello radique parte del misterio y en la alquimia financiera que todavía nos rodea.

No os perdáis las alucinantes intervenciones y el lenguaje no verbal de algunos de estos protagonistas (del documental y de la crisis) ; entre otros, Frederic Mishkin balbucea como un niño intentando explicar lo inexplicable, Christine Lagarde traga saliva y dirige su mirada al suelo ante una pregunta directa: ¿Cuándo se enteró exactamemte de la quiebra de Lehman Brothers? y Andrew Sheng, Chief Advisor to the China Banking Regulatory Commission, pone sobre la mesa una de las frases más reveladoras:  “Un ingeniero de verdad construye puentes y edificios. Un ingeniero financiero, que gana entre 4 y 100 veces más, construye sueños. Y cuando estos sueños se transforman en pesadillas, otras personas pagan por ello“.

No seré yo el que abogue por olvidarnos de los sueños. Eso sí, me quedo con aquellos que me permiten ir más allá de lo predecible y que me conectan con lo que me apasiona pero no a costa de convertirme en un monstruo anónimo y sin alma que se alimenta de destruir los sueños de los demás. Luchar por mis sueños tiene un coste y esa ronda la pago yo.

Oscar Garro

(*): curioso título, robo con cómplice “desde dentro”. Y ahí siguen…

 



Me gustó mucho escuchar a Rafael Echeverría en su ponencia en febrero de 2010 en Bilbao, poner en el centro de la transformación de las empresas y del estilo de liderazgo, la capacidad de conversar. Describe la vida en la empresa, como un conjunto de conversaciones mediante las cuales, las personas podemos accionar de manera coordinada y conseguir resultados.

Dentro y fuera de la empresa se pueden dar muchos tipos de conversaciones: conversaciones para imaginar el futuro que deseamos, conversaciones para generar confianza, para mostrar emociones, para alcanzar acuerdos… conversaciones para abrir posibilidades, para cerrarlas… conversaciones para diseñar respuestas creativas, para analizar los riesgos, para resolver conflictos… , conversaciones para entender lo que quieren los clientes y para hacerles ofertas, para hacer peticiones a nuestros proveedores, a nuestros colegas, conversaciones pendientes…Y no sólo hablamos de conversaciones entre personas, sino también de conversaciones que mantenemos con nosotros mismos.

Cada vez soy más sensible a este aspecto conversacional de la empresa, y cada vez me preocupa más su calidad, por eso ahora soy más consciente de que en general, se toca mucho de oído y se mete mucho ruido. Es normal, me digo, nos falta preparación… hemos pensado que saber conversar es algo natural, que se tiene o no se tiene, y nos hemos dedicado a estudiar mucha estadística y mucho derecho. Sin embargo, cada vez estoy más convencida de que la conversación también se aprende, se perfecciona, se practica; existen técnicas y conocimiento que están a nuestro servicio para ello.

Por eso, cuando alguien me pregunta últimamente a qué nos dedicamos en Vesper, contesto que lo que hacemos es ayudar a diseñar y facilitar conversaciones en los equipos. Cuando un equipo directivo se enfrenta a un reto nuevo y necesita pensar, declarar, encontrar nuevas respuestas, decidir y hacer algo distinto de manera coordinada. Aspiramos a minimizar el ruido de esas conversaciones, y a mejorar el aprovechamiento de la energía del equipo. Queremos contribuir a que esas conversaciones sean bellas, melodiosas y eficaces.

Ane Aguirre

Quienes vivimos en Madrid y tomamos de vez en cuando el avión tenemos el privilegio de poder llegar al aeropuerto transportados por un metro de príncipes a un precio de mendigos. Yo, la verdad, soy poco amiga de ir bajo tierra porque no puedo ver la ciudad, pero cuando viajo sin equipaje me compensa volver del aeropuerto en metro. Así que acostumbro a sustituir las delicias del paisaje urbano por la observación disimulada de los rostros estáticos, a veces pensativos, casi siempre melancólicos, de los viajeros.

No hace mucho, prisionera en las paredes de un vagón, mi oído se distrajo con la conversación de un grupo de personas. Sentados frente a frente, cuatro varones jóvenes trajeados, maletín de ordenador a los pies, disfrutaban relatando los avatares de su viaje de trabajo. Parecían técnicos de alguna empresa, contentos de su situación, y de los resultados de la jornada. En un momento dado aludieron a una persona que trabajaba en su compañía nombrándola de una forma que no entendí; me pareció un anglicismo, y pensé en una posición específica de su compañía,  para mí desconocida. Pero avanzada la conversación pude escuchar claramente que a ese alguien lo denominaban “clíner”. Tardé en comprender que se referían ¡¡¡a una señora de la limpieza!!! (cleaner).

En su afán de ser correctos con dicha profesión se inclinaron por la utilización del inglés para disimular naturaleza de un trabajo que asumían como poco “nombrable”….y  ¡qué curioso!,  la utilización de ese eufemismo producía en mí el efecto contrario: convertía en insultante el nombre real de una profesión tan cargada de dignidad como cualquier otra.

Volví a casa agradecida por el hallazgo. Desde que tengo hijos he tenido la suerte de contar con los servicios de una excelente profesional que nos ha ayudado en la casa y con los niños. Los tiempos me habían hecho cada vez más difícil nombrarla: “cuidadora”, como dicen ahora los críos, no está mal, pero siempre tropiezo en su fonética; “chica”, como decían nuestras madres, con frecuencia es inexacto,  criada, me repugnaba por lo ancilar;  “señora de la limpieza”, “niñera” o “asistenta” (juro que no diré “assistant”)  me parecen ahora denominaciones perfectas.

Araceli Cabezón