libertad


¿Cuántas veces hemos leído los comentarios sobre un artículo y hemos alucinado con su contenido y con las (horribles) formas?

Una mal aplicada libertad de expresión convierte la riqueza de la conversación virtual en un pozo de insultos y descalificaciones que nada tienen que ver con lo que el autor quería compartir.

La sección de tecnología de una emisora pública noruega NRKbeta ha tomado cartas en el asunto. Ha decidido que antes de que puedas comentar una publicación, debes responder a un cuestionario online con tres preguntas relacionadas con su contenido. Si las aciertas, podrás comentar y participar en la conversación; en caso contrario, tendrás que buscarte otro lugar para “trolear” y airear tus represiones.

Una buena idea de un país – Noruega – que por sexto año consecutivo, se ha situado a la cabeza de los países más democráticos del mundo (9,93 sobre 10) pero que no confunde “churras con merinas”.

¿Y si en vez de hablar de comentar online lo hacemos de votar? ¿Y si para poder votar fuera obligatorio leerse los programas políticos o los argumentos de una consulta relevante? ¿Estaríamos hablando ahora de Trump o del Brexit?

Pasado mañana comprobaremos si podemos seguir hablando de liberté, égalité, fraternité…

Oscar Garro

Anuncios

img_1363Mildred Jeter y Richard Loving (¡qué apellido para esta historia!) se conocían desde niños; se enamoraron y, cuando ella tenía 18 años y estaba embarazada, se casaron en el estado de Washington en 1958. Poco después, decidieron regresar a su lugar de procedencia en una pequeña comunidad rural del estado de Virginia. Pero sucede que Mildred era negra y Richard era blanco y en 1958, a mediados del siglo XX, (sic) los matrimonios interraciales, sencillamente, estaban prohibidos en el estado de Virginia, así que fueron detenidos y juzgados como criminales.

Los Loving, como tantas otras personas en situaciones parecidas,  podrían simplemente haberse adaptado a la realidad y a “la ley” imperantes; pero contra todo pronóstico considerando sus perfiles “humildes”, ella una ama de casa aparentemente frágil y sumisa y él un obrero de la construcción mas bien taciturno y contundente, decidieron enfrentarse a lo establecido, a aquello tan demoledor de “aquí las cosas siempre han sido y se han hecho así“, una especie de axioma que,  lamentablemente, sigue campando a sus anchas por empresas, organizaciones y todo tipo de ámbitos.

Esta es la conmovedora y apasionante historia que relata la recién estrenada Loving. Una película que sin concesiones a la demagogia, casi con neutralidad, con sobriedad, contención y con un excelente ritmo narrativo, muestra el retrato social de un país y de toda una época, increíblemente no tan lejana… ¡ni tan superada! Todo ello, protagonizado por personas tan corrientes como admirables; dos personas que se gustan, se quieren y se respetan como iguales; y que optan por enfrentarse obstinadamente a la injusticia. En 1967 (!) la Corte Suprema de los Estados Unidos declaró inconstitucional la Ley de 1924 del estado de Virginia.

Que cada uno llegue a sus propias reflexiones y aprendizajes sobre el contenido de esta historia. En mi opinión, están presentes algunos de los principales valores y actitudes que han ayudado a cambiar y siguen cambiando el mundo: justicia, generosidad, coherencia, amor, compromiso,  tenacidad, valor, igualdad, trascendencia, libertad…

Jordi Foz

THE RED ARMYEntre mis muchas insuficiencias cuenta un escaso amor por el deporte y mi casi total desapego por el espectáculo deportivo. Por eso jamás pensé que un reportaje sobre jugadores de hockey pudiera ocasionarme tal interés y producirme tal placer.

Red army no es una película, es un documental dirigido por Gabe Polsky, y contado en primera persona por su protagonista real  Slava Fetisov, capitán que lo fue del imbatible equipo soviético de hockey “El ejército rojo“, estrella olímpica de los 70 y 80.

Me impresionó de ese testimonio la espontaneidad innovadora de su primer y fundacional entrenador, que para dibujar estrategias llamaba al ajedrecista Karpov con quien movía figuras en un tablero-campo, o se iba al ballet a ver cuáles de los movimientos de los sublimes bailarines del Bolshoi convenía probar en el campo; me impresionó la visión que impulsaba al alto sacrificio que hacían los jugadores desde pequeños: la gloria de su país; me impresionó, cómo la propaganda del régimen soviético fue capaz de proporcionarles una metáfora tremendamente movilizadora: “The red army” campeón mundial = mi país en la cumbre del mundo; me impresionó la calidad y calidez de la amistad masculina entre los rusos, que yo no he observado en otros ámbitos; me impresionó el perdón del protagonista a su amigo-hermano, a quien tras haberle traicionado cuando decidió ir a USA, sienta como asesor a su vuelta triunfal a la actual Rusia como ministro de deporte de Putin; me impresionó la forma en que evidencian sus emociones sin resultar exhibicionistas; me impresionó la libertad de Slava para poner en riesgo su estatus y el de su familia, en aras de su libertad individual.

Miles de cosas más me impresionaron en esta historia, pero sobre todo “la sinfonía rusa”, esa forma de bailar juntos en el campo que tenían las cinco estrellas del equipo, de intuir al otro “como si tuvieran ojos en la espalda“, de concebir y organizar su estrellato individual al servicio del equipo, de sentirse juntos en lo mismo, de divertirse con el juego.

Araceli Cabezón de Diego

 

August-Landmesser-Almanya-1936 (ampli) copiaDesde que la vi en el centro de documentación “Topografía del Terror” de Berlín, tenía ganas de escribir alguna cosa sobre esta impresionante fotografía. Recuerdo que entre las muchas ideas que me inspiró, la primera y dominante fue la de “dignidad”.

Dignidad como la capacidad –intrínsecamente humana- de vivir con conciencia y actuar con libertad; como la competencia de elegir… cuando es posible algún tipo de elección.

Si es que están identificados, no tengo muy claros cuáles son los principales enemigos de la dignidad, pero los sitúo en torno a conceptos tan comunes como el miedo y la inseguridad. Por eso precisamente, la dignidad me parece una cualidad del propio “ser”, un valor subjetivo de cada persona, que se puede manifestar en multitud de pequeñas o grandes decisiones cotidianas, en ámbitos personales, familiares o profesionales y que, a menudo,  tiene que bordear ese temor paralizante a perder “algo”, a tener que encarar aún más incertidumbre en tiempos de tantas incertidumbres…

Y para no quedarme en conceptos difusos, estoy hablando de cómo afrontar situaciones concretas como la de no admitir tratos vejatorios “justificados” por las actuales dificultades laborales; de ser capaces de renunciar a relaciones tóxicas que no llevan a ninguna parte; de no obstinarse en pretender estar donde no se nos quiere; de plantar cara a la prepotencia de quienes “se crecen” ante la situación de necesidad de otros o, “simplemente”, de tener la dignidad de renunciar a una confortable y reconocida posición directiva cuando ya no estamos cómodos con nuestro rol o no sentimos como nuestro el que fue proyecto profesional de toda una vida…

La dignidad, como la amabilidad o el respeto, es una condición personal y tozuda, y se acaba mostrando, inevitablemente, en las decisiones que van conformando nuestra imagen pública y nuestra manera de vivir y, seguramente, también de morir.

Y por si alguien tiene alguna duda, creo sincera y rotundamente que es una gran suerte ser una persona digna; que no se puede sobrevivir inmune demasiado tiempo actuando “contra natura” y que a la larga, aunque a veces resulte duro y tan agotador como nadar contra corriente, nunca te arrepientes de las decisiones tomadas de acuerdo con tus valores y tu conciencia.

Jordi Foz

Por cierto, el hombre de la fotografía (¿qué pasaría por su cabeza en aquel momento?) se llamaba August Landmesser y podéis ver, pinchando aquí, lo que se sabe sobre su historia.

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Cartoon by Michael Shaw (february 2006)

Oscar Garro

 

 

DedalPrimera escena : Leo un artículo en la prensa sobre un hecho cuyo aniversario ha pasado prácticamente desapercibido. El 19 de noviembre de 1.933 todas las mujeres pudieron, por fin, votar en España. Hace sólo ochenta años … Mi madre tenía 13 y jamás había visto votar a mi abuela ni, probablemente, se le hubiera pasado por la cabeza que fuera posible. Fue algo muy controvertido y seguro que no arregló nada de pronto, pero también es evidente que ese día todos fuimos un poco más humanos, más libres, más solidarios y más civilizados.

Segunda escena : oigo las noticias en la televisión y, según la Fundación Anar (Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo), una de cada tres adolescentes puede estar sufriendo algún tipo de violencia de género, aunque no sean conscientes en absoluto e incluso aunque muchas de ellas consideren justificables y “normales” las actitudes de sus jóvenes parejas.

Tercera escena : me estoy despidiendo de un buen amigo a última hora de la tarde. Me dice : “me voy al súper, a hacerle la compra a mi mujer”… (?) Supongo que interpreta mal mi mirada inescrutable e irónica y casi se justifica : “de verdad que no me importa, tiene un pequeño esguince y no quiero que cargue peso” … Es una gran persona, un buen marido y un buen padre.

Cuarta y última escena : un artículo en la prensa de anteayer, día 4 de diciembre : “el Subsecretario del Ministerio de Sanidad de Arabia Saudita, a requerimiento de la máxima autoridad religiosa del país, el muftí Abdelaiz al Sheij, ha prohibido a los médicos de sexo masculino examinar cadáveres de mujeres”. Se ve que es pecado …

Siendo tan distintas, algún hilo imperceptible me hace establecer algún tipo de relación entre las cuatro “escenas”. Han pasado ya ochenta años, y aquí estamos … Muy lejos del punto de partida pero más lejos aún de algún punto de llegada. Ya no es sólo una cuestión de derechos básicos y de justicia. Para esta sociedad con tantos problemas y tantas salas de espera es cuestión de sentido común, de supervivencia, de no renunciar a la capacidad de nadie por razón de género.

Y claro que no puedo intervenir en muchas de estas escenas, pero sí soy perfectamente capaz de ser consciente de mis prejuicios … y de combatirlos; de hacer mi o nuestra compra  y, definitivamente,  de ponerme el dedal y coserme mis propios botones.

Jordi Foz

Secreto “A quien dises el secreto das tu libertad. Richard Blount 9 julio 1553” … Esto es lo que dice literalmente la inscripción que reproduce la fotografía, que tomé hace ya muchos años en la Torre de Beauchamp, uno de los edificios que forman parte de conjunto de la Torre de Londres, y que durante varios siglos fue utilizado como prisión.  Se pueden encontrar en internet fotografías mucho más claras, pero … esta es “la mía”.

Siempre me ha intrigado, y lo sigue haciendo, esta inscripción grabada hace 460 años en el muro de una prisión … ¿quién fue Richard Blount? ¿por qué razón y con qué intención grabó esta frase? ¿qué quería transmitir y a quién? ¿qué historia existe detrás? ¿por qué la escribió en español?

Y, yendo un poco más allá … ¿es cierto que todos tenemos secretos? ¿y que todos necesitamos contarlos a alguien en algún momento? ¿cómo se relacionan los secretos y la confianza? ¿la generan o la impiden? ¿cuál es la relación entre información y libertad? ¿cómo acostumbramos a manejar la información? ¿tenemos clara la diferencia entre informar y comunicar?

Como veis, muchas preguntas y ninguna respuesta … Hay un aforismo, que seguramente todos hemos oído en alguna ocasión, que se formula de distintas maneras y  se atribuye a muy diversos autores  : “Uno es dueño de lo que calla y esclavo de lo que habla”

Y tú … ¿estás de acuerdo en que “a quien dises el secreto das tu libertad”?

Jordi Foz

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