El tiempo pasa y ninguno se atreve a dar el primer paso. Se miran y esperan a que sea el otro el que inicie una acción que los dos desean.

Para esta escena que todos hemos vivido y que se repetirá muchas veces este verano, no tenemos una palabra que la nombre. Los nativos yámanas de Tierra del Fuego, sí: mamihlapinatapai.

Tsundoku en japonés (comprar un libro y no leerlo), waldeinsamkeit en alemán (sensación de estar solo en un bosque) o gokotta en sueco (levantarse pronto por la mañana con el propósito de escuchar el canto de los primeros pájaros) son solamente 3 ejemplos de palabras que nosotros no tenemos y que nombran momentos que sí podemos reconocer. En este artículo aparecen otras muy curiosas e ilustrativas.

Sin embargo, creo que la cuestión trasciende a la curiosidad o a una interpretación cultural. George Steiner decía que “Lo que no se nombra, no existe” y yo estoy de acuerdo. Como escribíamos en este blog, desde que el mundo es mundo, hemos sentido la necesidad de poner nombre a las cosas pero está claro que por el camino, nos olvidamos de muchas.

Cuántas situaciones o problemas son invisibles para la sociedad y lo son porque no los nombramos. En muchas ocasiones, empezamos a hablar de ellos para darles visibilidad y en otras, hacemos campañas para tomar consciencia y tratar de resolverlos.

Yo propongo, como diría Luis Piedrahita ;-), inventar las palabras que nos faltan; buscar las que nos sirvan para usarlas rápidamente e incluirlas en nuestras conversaciones. Al fin al cabo, el lenguaje genera realidad y para construir la que nos espera, necesitaremos nuevas palabras.

Hasta entonces, este verano, cuando cruces la mirada con alguien e intuyas que los dos deseáis lo mismo, recuerda que eso es mamihlapinatapai y adelántate. Puede ser que metas la pata pero para eso ya buscaremos otra palabra 🙂

Oscar Garro

La noticia -que hubiera sido imposible hace pocos años- circuló el pasado mes de junio: por primera vez en su historia, la Universidad de Harvard ha cancelado la admisión de diez aspirantes por sus comentarios de contenido racista o xenófobo en un grupo privado de Facebook.

La reflexiones posibles son varias, pero me gustaría centrarme en dos: la primera, de índole moral, sobre la licitud de tomar decisiones relevantes para las personas por cosas que dijeron o hicieron en el pasado… Y, en ese supuesto, ¿hasta cuándo nos remontamos? ¿qué niveles de inmadurez, inocencia o error pueden ser o no admisibles y durante cuánto tiempo?

La segunda cuestión, que me parece más personal y más susceptible de gestionar, gira en torno al valor que le damos a nuestra propia imagen pública, especialmente en un mundo en el que la información circula y, sobre todo, persiste, ilimitadamente.

Sin que podamos evitarlo, todos nos formamos una imagen sobre los demás y, de la misma manera, todos (no sólo los políticos o los líderes) tenemos una imagen pública que los demás van construyendo durante nuestras vidas, a partir de las experiencias y las emociones que les provocamos.

Nuestra forma de ser y de actuar es nuestra manera de comunicar;  de transmitir una imagen que está ligada a conceptos tan esenciales y tan frágiles como la reputación, la confianza, el respeto, la credibilidad, la confiabilidad…

¿Tenemos idea de cuál es la imagen que inspiramos en los demás? ¿Nos importa o nos preocupa? ¿Nos atrevemos a preguntar sobre ella? La experiencia nos dice que indagar en esta materia tan sensible provoca más sorpresas que lo contrario y que, a menudo, lo que piensan los demás y lo que nosotros pensamos que piensan… son cosas bien diferentes.

Jordi Foz

P.D.: La imagen de la viñeta será obvia para algunos, pero explico mi intención al seleccionarla: los Presidentes Kennedy y Johnson son, en mi opinión,  dos claros ejemplos de políticos que tuvieron una imagen pública sensiblemente diferente a la que justificarían sus actuaciones y resultados reales.

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Casi finalizada nuestra estancia en Barcelona en las últimas jornadas Vesper, Araceli me convenció para visitar un lugar que me dejó impresionado. Fueron 20 minutos. No teníamos mucho tiempo pero decidimos “entrar” a visitar el Pabellón Alemán, diseñado por Mies van der Rohe para la Exposición Internacional de Barcelona de 1929 y reconstruido en 1986.

Y digo entrar por decir algo porque en realidad, se trata de un espacio semiabierto que puedes observar desde fuera; de hecho, muy cerca jugaban unos niños que corrían y gritaban sin parar.

11282743_718481658273921_106232662_nA pesar de ese ruido, paseando por el pabellón, sientes una paz y un silencio muy especial que bajo mi punto de vista, solamente es posible gracias a la simplicidad del diseño y a la extremada belleza de lo poco que hay. Tan es así, que Alfonso XIII cuando inauguró el espacio, preguntó extrañado si todavía no estaba terminado…

Además de disfrutarlo, me sirvió para reconfirmar que casi siempre, menos es más y que cuando añadimos compulsivamente elementos y contenido a un discurso, presentación o producto, estamos sirviendo más a nuestro ego o inseguridad que a quienes teóricamente son nuestros destinatarios.

La clave está en quitar, en reducir hasta la mínima expresión para que todo encaje y para lograr transmitir tu mensaje con eficacia y belleza.

Oscar Garro

lenguas2Los griegos pensaban que la forma de hablar de los demás pueblos no era lengua. La palabra griega βάρβαρος (barbaroi) derivaba de una onomatopeya que imitaba el sonido de los no-grecoparlantes (como si éstos fueran uno solo),  y  significaría algo así como “el que no habla”.

Más de 7000 años después tenemos repertoriadas casi  7000 lenguas distintas vigentes en el mundo (6912 si fuera posible ser exactos). Reconocemos como lenguas las que se hablan en otros países  distintos al nuestro y estamos seguros de que los habitantes de otros lugares sí saben hablar, por raros que nos parezcan su sonidos o sus estructuras.

Pero pasar del reconocimiento de colectivos al reconocimiento de individuos….¡es otro cantar! El mismo  código lingüístico, el mismo significante, la misma palabra, tiene casi tantos significados como individuos la utilizan.  A cada significado del diccionario le superponemos nuestra experiencia individual, nuestro contexto cultural, nuestro mundo de creencias personales y colectivas. Y eso hace que muchas veces reputemos al otro como barbaroi, simplemente porque no atribuye a una palabra el mismo significado que nosotros… y en vez de escucharle para descodificar, le traducimos a nuestro código o nos quedamos tan anchos pensando que no sabe hablar.

…una vez más, esto de  conversar tiene que ver sobre todo, con aceptar y escuchar.

Araceli Cabezón de Diego