Jack Welch, que en su día fue elegido como Ejecutivo del siglo XX, es mundialmente conocido por haberse hecho cargo de General Electric en uno de los momentos más dramáticos de su historia y situarla en los primeros lugares del mercado. Bajo su dirección se incrementó hasta cuarenta veces el valor de la compañía, aunque también es cierto que su plantilla pasó de 411.000 empleados en 1980 a 300.000 en 1985.

Como es inevitable, existen muy diferentes visiones sobre su drástica forma de liderar pero, precisamente, ese contraste de valoraciones me hacen especialmente interesantes muchas de las anécdotas y reflexiones contenidas en sus memorias, publicadas en 2002 con el título “Hablando claro”.

En una de ellas relata como un estudiante de la Universidad de Fairfield le preguntó “cómo se podía ser un buen católico y, al mismo tiempo, un hombre de negocios”. Welch dice que le contestó “enfáticamente”…  yo lo soy”. Y a continuación amplía su respuesta: “Es bien simple: manteniendo la integridad. Todo lo que hice se apoyó en ella y la integridad dio dignidad a la organización. Nunca tuve dos agendas. Sólo había un modo de proceder, el correcto”.

Unos párrafos después, cuando habla de “La corporación y la comunidad”, incluye otro punto muy revelador: “La primera responsabilidad social del presidente es garantizar el éxito financiero de la compañía. Sólo una empresa sana y ganadora posee los recursos y capacidades para hacer lo correcto”.

Es aquí donde me parece que se tocan algunos de los “eternos clásicos” del liderazgo: el debate entre los resultados y las formas, la integridad, lo correcto, lo necesario, la toma de decisiones, la “popularidad” del líder, los objetivos, las personas…  Y parece que Welch tiene muy clara la secuencia: para garantizar que se pueda hacer lo correcto una empresa debe ser antes sana y ganadora y para conseguirlo, tiene que contar con el talento y el compromiso de sus personas.

En mi opinión, conseguir ese valioso, sutil y difícil equilibrio es la competencia más relevante y diferenciadora en un líder. Asumir que no se puede agradar a todos; tomar las decisiones precisas para el bien de la compañía y aplicarlas con respeto a las personas; actuar con y desde la integridad haciendo lo que honestamente se crea más correcto en cada momento y todo ello sin perder de vista que “las mejores estrategias del mundo sin las personas adecuadas sólo conducen a resultados mediocres.

Jordi Foz