Merodeando una vez por las  secciones de unos grandes almacenes,  fui a dar con la conocida sección de tallas sueltas; revolví en el montón, miré de reojo alguna prenda y cambié de sección con un despreciativo ¡bah!  Días después en un viaje a Estados Unidos, encontré una sección parecida en una tienda de moda, con un cartel distinto: last chance to buy (última oportunidad para comprar), que en lugar de exhibir las prendas en un montón informe, las mostraba colgadas en sus respectivas perchas. Me detuve en la sección, la inspeccioné con cuidado para no perderme esa joya que no tendría posibilidad de encontrar nunca más, y, naturalmente… compré.

Parecidos hechos -una partida de prendas de colecciones anteriores y sin tallas suficientes- y distinto lenguaje: unas amontonadas, otras colgadas, unas presentadas como sueltas y por lo tanto por sobrantes, y otras presentadas como escasas y por lo tanto deseables.  Y lo que ocurrió: distinta realidad generada. En un caso desprecié, en el otro me decidí a mirar con cuidado y terminé comprando.

Esa relación entre lenguaje y realidad, tan conocida por los publicistas, va mucho más allá de una mera técnica de manipulación. El lenguaje que escogemos para hablar con los demás, nuestra forma de conversar con el otro dentro del equipo, y con nosotros mismos, genera en nosotros y nuestro contexto realidades muy distintas, que permiten e impulsan o imposibilitan y ponen barreras a los objetivos que perseguimos. Y en la empresa, como ya sabemos, los objetivos se consiguen fundamentalmente conversando. Por eso las herramientas y metodologías de Vesper tienen como objetivo “cambiar la conversación” para hacer realidad el futuro deseado.

Araceli Cabezón de Diego

En anteriores viñetas he declarado interés por los aspectos gramaticales que ayudan a clarificar el discurso. Algunas personas (la familia ¡ya se sabe!) me tildan de nazi-gramatical; yo sin embargo me califico de conservadora-gramatical, actitud que revelo en mi negativa a sobrecargar los textos con lo que considero una distractora diversificación de género en los sustantivos, adjetivos, artículos y pronombres (las partes de la oración susceptibles de variación generonumérica). En su lugar prefiero utilizar el genérico y tragarme la injusta asunción del ser femenino en la forma masculina de dicha característica (ej. los directivos, para referirse a directivas y directivos).

Sin embargo una cosa es asumir sin protestar la faena ontológica manifiesta en la forma masculina del genérico y otra cosa muy distinta que una admita que el mundo son “los hombres” (o sea los machos) y desde ahí, o sea, desde ellos  se explique todo lo demás. Esta incomodidad sentida muchas veces,  reverdece hoy  en mí gracias a  la controvertida  frase vertida por el señor Dijsselbloem, quien desde su cargo de presidente del eurogrupo declara en una entrevista : “Como socialdemócrata….. No puedo gastarme todo mi dinero en licor y mujeres y a continuación pedir ayuda.…” La prensa lo ha puesto a caldo porque se refería al descontrol del gasto de los países del sur de Europa, y lo han tildado de racista y machista, por supuestamente aludir a la afición a la prostitución de los países sureuropeos con eso de gastarse el dinero en mujeres.

Servidora  lo considera muy desafortunado como declaración pública, pero lo que de verdad me intriga es la extraña alternativa que plantea su frase. Si decimos que no podemos gastarnos el dinero en licor y mujeres, asumimos que los europeos del sur lo están gastando en vino y mujeres. Lo del vino tiene un pase (¡mediterránea que es una!), pero en mujeres….Yo soy mujer y no me lo gasto en mujeres, y no sé si existe prostitución femenina para lesbianas. O sea que o a) las mujeres del sur son todas lesbianas y gastan su dinero en otras mujeres prostitutas, al igual que sus varones, o b) en el sur (o quizá en el universo) solo existen los hombres y las mujeres serían otro objeto de consumo equiparable al vino.

¡Qué disparate! ¿no?……pues como éste ¡¡¡miles!!!:  discursos, declaraciones, anuncios de televisión, textos, y ni nos enteramos, pero ahí queda. En una ocasión me permití una prueba en una intervención ante un grupo de empresarios convocados por un cliente. Utilicé el mismo estilo que nuestro amigo europeo y comencé a poner los ejemplos desde el universo femenino como si fuera “el” universo: lo que pasa cuando tu novio aplasta el tubo de dientes por aquí, lo que ocurre cuando alguien hace una observación sobre tus tacones….Duré una hora hasta que uno de los varones presentes se levantó y manifestó públicamente su incomodidad. Se lo agradecí inmensamente y le hice ver que así nos sentimos las mujeres a diario.

¿De verdad tenemos necesidad de sufrirlo?

Araceli Cabezón de Diego

 

septuaginta

Parece ser que la primera traducción del mundo fue la versión al griego del Pentateuco, conjunto de libros escritos en hebreo y arameo que forman parte de la Biblia. La tarea fue encargada por el alejandrino Ptolomeo II Filadelfo ni más ni menos que a 72 traductores. Este grupo, conocido como “la septuaginta“, se encerró en la isla de la Elefantina con el mandato de no entrar en contacto hasta terminar la misión.

Nos inclinamos ante la idea de este  Ptolomeo y su generosa asignación de recursos para un proyecto que pretendía llevar los textos sagrados a unos súbditos que  ya no hablaban la lengua de sus ancestros, pero lo que llama la atención de esta humilde bloguera es el  legendario resultado final. Cuenta el relato que, iluminados por dios, cuando salieron de su encierro los setenta y dos traductores ¡entregaron la misma traducción!

Con frecuencia resulta más fácil admitir las grandes diferencias de un colectivo totalmente distinto al propio, totalmente otro,  que las de un individuo de nuestro entorno ¡qué tensión por uniformizar, cuando sabemos que es imposible, como demuestra la sonrisa que despierta en nosotros la aparente ingenuidad del relato!

Araceli Cabezón de Diego

lenguas2Los griegos pensaban que la forma de hablar de los demás pueblos no era lengua. La palabra griega βάρβαρος (barbaroi) derivaba de una onomatopeya que imitaba el sonido de los no-grecoparlantes (como si éstos fueran uno solo),  y  significaría algo así como “el que no habla”.

Más de 7000 años después tenemos repertoriadas casi  7000 lenguas distintas vigentes en el mundo (6912 si fuera posible ser exactos). Reconocemos como lenguas las que se hablan en otros países  distintos al nuestro y estamos seguros de que los habitantes de otros lugares sí saben hablar, por raros que nos parezcan su sonidos o sus estructuras.

Pero pasar del reconocimiento de colectivos al reconocimiento de individuos….¡es otro cantar! El mismo  código lingüístico, el mismo significante, la misma palabra, tiene casi tantos significados como individuos la utilizan.  A cada significado del diccionario le superponemos nuestra experiencia individual, nuestro contexto cultural, nuestro mundo de creencias personales y colectivas. Y eso hace que muchas veces reputemos al otro como barbaroi, simplemente porque no atribuye a una palabra el mismo significado que nosotros… y en vez de escucharle para descodificar, le traducimos a nuestro código o nos quedamos tan anchos pensando que no sabe hablar.

…una vez más, esto de  conversar tiene que ver sobre todo, con aceptar y escuchar.

Araceli Cabezón de Diego