“Does the word ‘Persons’ in Section 24 of the British North America Act, 1867, include female persons?”

Esta escultura está en el parque del Parliament Hill, en Otawa. La fotografié hace dos años cuando pasé un mes en esta agradable e interesante ciudad.

Algún día, un grupo de mujeres tuvo que preguntar al Parlamento de su país, si cuando la ley decía “personas” se estaba incluyendo a las mujeres. Algún día, muchas mujeres tuvieron que pelear durante años, para cambiar la ley que no nos permitía votar. Algún día, hubo mujeres que se tuvieron que hacer pasar por hombres para poder ir a la universidad. Algún día, hubo que analizar las diferencias salariales en las empresas, para llegar a la conclusión de que ganábamos menos ocupando los mismos puestos. No hace tanto tiempo que todo esto era vivido como “normal”.

Y todavía hay niñas en el mundo que no se escolarizan, mujeres que son maltratadas y asesinadas por sus parejas porque deciden no someterse, dificultades para acceder a puestos de responsabilidad en las empresas, una distribución desigual de las tareas del hogar, y muchas actitudes pequeñas, sutiles, difíciles de comentar sin ser tachadas de “exageradas”, que nos ponen a las mujeres en planos de inferioridad.

Me declaro feminista desde el momento en que constato que las mujeres no somos iguales en derechos y libertades. No me hace falta recurrir al pasado ni a otros países y culturas para decir que aún queda camino por recorrer. Con mirar alrededor, me vale.

¿Lo positivo? que hay cosas que ya no nos parecen “normales”, que estamos recorriendo un camino, que cada vez más hombres se declaran “feministas” sin ningún complejo, y comparten la idea radical de que no tiene sentido que no convivamos “en igualdad”.

Hay tanto para ganar…

Ane Agirre

img_1363Mildred Jeter y Richard Loving (¡qué apellido para esta historia!) se conocían desde niños; se enamoraron y, cuando ella tenía 18 años y estaba embarazada, se casaron en el estado de Washington en 1958. Poco después, decidieron regresar a su lugar de procedencia en una pequeña comunidad rural del estado de Virginia. Pero sucede que Mildred era negra y Richard era blanco y en 1958, a mediados del siglo XX, (sic) los matrimonios interraciales, sencillamente, estaban prohibidos en el estado de Virginia, así que fueron detenidos y juzgados como criminales.

Los Loving, como tantas otras personas en situaciones parecidas,  podrían simplemente haberse adaptado a la realidad y a “la ley” imperantes; pero contra todo pronóstico considerando sus perfiles “humildes”, ella una ama de casa aparentemente frágil y sumisa y él un obrero de la construcción mas bien taciturno y contundente, decidieron enfrentarse a lo establecido, a aquello tan demoledor de “aquí las cosas siempre han sido y se han hecho así“, una especie de axioma que,  lamentablemente, sigue campando a sus anchas por empresas, organizaciones y todo tipo de ámbitos.

Esta es la conmovedora y apasionante historia que relata la recién estrenada Loving. Una película que sin concesiones a la demagogia, casi con neutralidad, con sobriedad, contención y con un excelente ritmo narrativo, muestra el retrato social de un país y de toda una época, increíblemente no tan lejana… ¡ni tan superada! Todo ello, protagonizado por personas tan corrientes como admirables; dos personas que se gustan, se quieren y se respetan como iguales; y que optan por enfrentarse obstinadamente a la injusticia. En 1967 (!) la Corte Suprema de los Estados Unidos declaró inconstitucional la Ley de 1924 del estado de Virginia.

Que cada uno llegue a sus propias reflexiones y aprendizajes sobre el contenido de esta historia. En mi opinión, están presentes algunos de los principales valores y actitudes que han ayudado a cambiar y siguen cambiando el mundo: justicia, generosidad, coherencia, amor, compromiso,  tenacidad, valor, igualdad, trascendencia, libertad…

Jordi Foz

ConvivirNo se puede vivir sin miedo pero tampoco instalados en él. Es un mecanismo de alerta y de defensa, pero no podemos dejar que se convierta en una emoción tóxica que solo genere sentimientos de ira, de odio, de frustración y desconfianza…

El miedo existe desde que existe el mundo. La diferencia, probablemente, es que en el tiempo que nos ha tocado vivir la información ya no es monopolio de algunas clases o estrategias, e irrumpe en nuestra vida diaria incontenible, descarnada, sin apenas filtros, en un aluvión de estímulos que desafían constantemente nuestro estado de ánimo.

Por eso, esta viñeta no va de “el miedo” (del que ya hablamos en otra ocasión) sino de cómo convivir con el miedo… sin dejar de estar en este mundo! Evidentemente, no tengo ni idea de cómo se hace, pero sí estoy convencido de que es imprescindible intentarlo siempre. Acotar nuestro miedo, afrontarlo y aprender a convivir con él. Seguramente, creando, recreando, compartiendo, disfrutando de proyectos y momentos de… ¿normalidad? Tampoco sé si es esa la palabra adecuada, pero espero que se entienda: normalidad frente a miedo.

Pese a todas las cosas que suceden en las que no podemos influir, existen espacios, tiempos, ilusiones, emociones -en soledad o compartidos- a los que no podemos renunciar. Son nuestros espacios, nuestras rutinas, nuestra cotidianidad, nuestros deseos irrenunciables; ahí donde habita nuestra libertad, donde cada día convive nuestro miedo con nuestra esperanza.

Jordi Foz

canterbury_cathedral_choir Por razones familiares viajo con cierta regularidad a Canterbury, pequeña ciudad del condado de Kent, una de las más antiguas del Reino Unido, presente en nuestro imaginario literario por los picantes cuentos de Canterbury.

Cuando estoy allí disfruto de un lujo diario en su maravillosa catedral: antes de cenar me acerco todos los días al Choral Evensong, una especie de vísperas de rito anglicano que combina lecturas con canto.

Vivo así la puesta del sol sublimada por la sugestión de los coros, niños o adultos, según el día; un privilegio para mí solo comparable al de escuchar la propia voz entonando  los Hymn englutida en la voz de todos los asistentes y proyectada por la resonancia del ámbito gótico más antiguo del país.  Por si fuera poco, cuando eso termina, el oficiante abre un momento muy especial para finalizar el día, y dice algo así: “…este es el final de una jornada. Lo que ha sido hecho, ha sido hecho; lo que no ha sido hecho, no ha sido hecho…“.

La primera vez que lo escuché, me pareció una perogrullada. Ahora, tras mis encuentros con el  “mindfulness , lo oigo de otra manera:

..terminar una cosa y empezar otra distinta, pausar entre ambas, estar quieto, dar licencia al cuerpo para obviar  la razón, silenciar, poner foco, relajarse, estar en el presente, calmarse, perdonarse, ser consciente, descansar, estar a solas, sosegarse, escuchar al cuerpo…

…me encanta cómo suena la palabra que utilizan los ingleses para todo esto: “stillness”

Araceli Cabezón de Diego

 

panes y pecesMi querida socia y yo pasamos buenos años juntas en la misma multinacional tratando de montar esa cosa tan difícil de explicar  que llaman “gestión del conocimiento”. En el interior de una organización jerarquizada, incluso con buena intención y mejor tecnología,  la palabra “gestionar” tiene el sabor de la obligación, del control, de la evaluación.

Gestionar el conocimiento resultaba así una tarea bastante difícil. Sin embargo las redes sociales han demostrado su capacidad casi ilimitada para conseguirlo. ¿Por qué? Porque se hace de manera voluntaria. Cada uno toma la responsabilidad de difundir aquello que quiere, de lo que siente que sabe, y que cree de utilidad para terceros. ¡Y siempre hay alguien que lo aprovecha!

Vesper, en un contexto “off line”  viene disfrutando hace  unos años de una experiencia en cierto modo  similar a la de esas redes. El Colegio Vasco de Economistas nos pidió  que le ayudáramos a diseñar una de ellas y esta misma tarde le acompañaremos en la inauguración del tercero de sus programas de mentoring, mediante el cual las personas colegiadas que saben mucho o tienen amplia experiencia de algo, están dispuestas a transmitirlo a terceros porque quieren, porque saben, y porque piensan que les será útil.

En aquella época circulaba una metáfora para hacer comprender la ventaja de compartir conocimiento: “Todos los que estamos alrededor de esta mesa ponemos un euro sobre ella. Al oír la señal, quien antes retire su euro se lleva el euro de todos los demás. De esa forma todos excepto uno, pierden algo. Ahora juguemos a que cada uno, en lugar de un euro, da una idea sobre cómo ganar un euro.  Todos sin excepción nos llevamos la idea que teníamos y  además, las  de todos los demás“.

La multiplicación de los panes, en fácil.

Araceli Cabezón de Diego

Una idea que circula: el anonimato de las redes sociales proporciona una libertad sin precedentes para exponer las ideas propias.

Una serie de preguntas asociadasPeter Steiner para New Yorker:

¿Es posible la libertad sin nombre?

¿Inmunidad y libertad son lo mismo?

¿Existe la libertad sin asunción de responsabilidad?

Araceli Cabezón de Diego

Puede parecer el título de una canción de Sabina … pero que yo sepa no lo es.

Esta estimulante frase, o muy parecida,  se contiene en la obra de Stephen R. Covey, “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, cuando hace referencia al concepto de  autoconciencia,  término que define como “la aptitud para pensar en los propios procesos de pensamiento,  y que nos permite distanciarnos y examinar incluso el modo en que nos vemos”. Una capacidad específicamente humana que nos diferencia del resto de los animales …

A continuación, Covey cita la teoría del estímulo/respuesta que está en la base del determinismo,  según la cual estaríamos condicionados para responder de determinada manera a un estímulo concreto.  Y para hablar del espacio que existe entre un estímulo y una respuesta, nos remite a la emocionante historia de Viktor Frankl que éste relata en su obra El hombre en busca de sentido”, de lectura recomendable y recomendada en nuestra web.

Frankl era un determinista, psiquiatra  y judío que según cuenta, un día, desnudo y solo en un pequeño habitáculo de un campo de concentración, empezó a tomar conciencia de lo que él denominó “la libertad última”, esa libertad que sus carceleros nazis no podían arrebatarle : la de un ser  autoconsciente,  capaz de ver “desde fuera”, como observador,  su propia participación en los hechos.  En su interior él podía decidir de qué manera le afectaba todo aquello que estaba viviendo. Su identidad básica estaba intacta. Entre lo que le sucedía, o los estímulos, y su respuesta, estaba su libertad, su poder para cambiar esa respuesta. Entre el estímulo y la reacción existe ese espacio donde habita la libertad y el poder de elegir nuestra respuesta. La capacidad de elegir, dentro de las restricciones impuestas por la situación, nuestra actitud personal frente al destino, el “tipo de persona que elijo ser”. Nuestra libertad, nuestra dignidad como seres humanos …

Jordi Foz