COYOTEHoy va de dibujos animados: las tiras de El Coyote y Correcaminos (Wile E. Coyote and the Road Runner). Creadas por  Chuck Jones  para Warner Brothers en 1949, poblaron mi infancia de carcajadas y de una larvada tensión provocada por mi zigzagueante adhesión a perseguido y perseguidor. Pero ya  me he aclarado. Amo al perseguidor. Coyote es mi icono de la resiliencia.

Esta estupenda distinción, traída del mundo de la física, que alude a la capacidad de un material para recuperar su forma y textura iniciales tras un impacto, está representada al pelo por el villano Coyote, que impasible ante las barrabasadas infligidas por el hábil Correcaminos, se levanta una vez tras otra y continúa  como si tal con su objetivo de darle caza. Convertido en fosfatina bidimensional por un pedrusco de tonelada, en grotesca cabeza humeante con el hocico estallado por  la bomba que se dispone a lanzar o en troquel involuntario del suelo desértico por caída libre de cien metros, nuestro proteico personaje no cesa de ofrecer muestras de su ejemplar vertebración.

En todos los casos son segundos los que tarda en sacudirse el polvo, sin victimismos, sin rencores; solo con la determinación de seguir adelante con su plan.

Me hizo gracia saber que no soy la única. Mi admirada Siri Hustvedt  dice en su fina recopilación de artículos: Vivir, pensar, mirar: “estos personajes tienen un irresistible atractivo darwiniano. Como el Coyote en los dibujos animados de Looney Tunes que veía en mi niñez, son personajes que poseen el maravilloso don de recomponer la figura. Hay también historias reales de gente que desafía todos los contratiempos y que, a pesar de sufrir experiencias grotescas, no acaban en un hospital y salen adelante con una resignación mayor que un personaje de Beckett.”

Araceli Cabezón de Diego

 

 

AudryEn la emocionada biografía que  Sean Hepburn hizo de su madre, Audrey Hepburn: An Elegant Spirit, uno de los muchos aspectos glosados fue el de la relación de Audrey con la moda, que supo encarnar con elegancia proverbial acompañada por  Givenchy, exquisito poblador de su armario.

Hablando de ello, Sean nos brindó una reflexión “perla”, que guarda relación con la reflexión iniciada en otro de nuestros post,  Esse quam videri. En ella venía a decir que al entrar bien vestidas a un recinto, muchas mujeres parecen decir: “aquí estoy yo”, mientras que, según él, su madre  con su vestimenta decía:  “así soy yo”.

Araceli Cabezón de Diego

Los-alemanes-home La idea de naturaleza caída tiene un efecto pernicioso en muchos de nosotros. Yo por ejemplo, cuando incumplo sucesivas veces alguno de mis propósitos (hacer ejercicio nada más levantarme, estudiar piano a diario, cenar menos de lo que me apetece) acostumbro a producir una secuencia conversacional del tipo “siempre igual, soy un desastre,  debe ser que no me interesa tanto como me digo a mi misma….” que invariablemente me sitúa al borde del abandono.

Sin embargo en una reciente visita a la maravillosa San Antonio de los Alemanes coincidí con el sermón de un singular oficiante que en ese momento instaba a los fieles a cumplir el mandato divino del amor. “¿Y con qué derecho, pensaréis, os pido que cumpláis, si yo mismo muchas veces lo incumplo? Cierto que muchas veces no lo cumplo, pero lo guardo. Lo guardo en mi cabeza, lo guardo en mi corazón y lo guardo para recordármelo a mí y recordároslo a vosotros, que es lo que hago ahora

¡Qué buena distinción!, pensé: una cosa es cumplir siempre, hacerlo todo bien, no fallar, y otra distinta es admitir lo imperfecto de nuestra naturaleza, pero no por eso abandonar, sino guardar el propósito, y tenerlo ahí, como divisa, como declaración, como invitación a la acción distinta; poner en marcha nuestros propósitos y perdonarnos nuestros abandonos, sin por ello abandonar.

Araceli Cabezón de Diego

sensación térmicaUna cosa es la temperatura, otra la sensación  que en mí produce

Una cosa son los hechos, otra las opiniones

Una cosa es el dato, otra lo que éste me provoca

Una cosa es la ciencia, otra la conciencia

Una cosa es lo que ocurre, otra cómo lo vivo

Una cosa es el acontecimiento, otra cómo decido tomármelo

                                                       Araceli Cabezón de Diego